6 feb. 2010



La curva de la felicidad

La semana pasada me quejaba de un bache en mi buena salud y ahora quiero contarles que, si bien el paracetamol en dosis de elefante ha tenido algo que ver en mi recuperación, quienes de verdad se llevan el mérito por sus poderes medicinales son mi mujer y mis hijos, que decidieron sacarme de las prisas de la gran ciudad y llevarme con ellos a los Pirineos, en donde pasamos cinco días deslizándonos por las pistas de una estación de esquí.

Lo del esquí es lo de menos, aunque al ascender y descender por los riscos uno comprende mejor la querencia de Juan Pablo II a las montañas, en donde decía que era fácil notar la rozadura de Dios. Lo importante es la compañía de los propios, la ensalada de risas, la lejanía de las obligaciones. Hay quien se empeña, con mucha gravedad, en recordarnos que la vida real es la de las oficinas y los atascos. Yo reivindico las vacaciones, especialmente aquellas que aparecen -por la gracia del Cielo- en un tiempo inesperado, como la etapa más real que nos toca vivir, aquella en la que desplegamos todos nuestros encantos con la gente que más queremos.Como pueden imaginarse, amanecer el lunes en el cogollo de la gran urbe no apetecía nada, y hasta nuestra hija de cinco años se quejaba de tener que regresar al colegio. Sin embargo, salimos de casa con la prestancia de quien anuncia un tónico mañanero, dispuestos a caminar en paralelo al mundo de las urgencias. El truco ha funcionado: ya no tengo ataques de tos ni me duelen los músculos, y hasta me veo con fuerzas para tomar al toro por los cuernos, retorcerle el pescuezo y tumbarlo de un empellón. Es la vitalidad que insufla la familia, una satisfacción plena que no tiene parangón.

Estos días en los que se discute acerca de la conveniencia en la edad de la jubilación, me gustaría introducir otra variante: las madres y los padres exigimos un tiempo de relajo, unos días en la naturaleza, un viaje sorpresivo… Estoy convencido de que mejoraría el rendimiento de las empresas y se elevaría, casi al infinito, la curva de la felicidad.
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