6 feb. 2010

Los políticos se han puesto a prohibir a troche y moche. Juegan a padres putativos, responsabilidad que los ciudadanos no les hemos otorgado, empeñados en obligarnos a no fumar, a educar a nuestros hijos en un civilismo cuestionable y hasta impedirnos el libre disfrute de algunas de nuestras aficiones, a las que se atreven a calificar de “bárbaras”, sin considerar su objetivo valor ético o la forma y razón por las cuales las disfrutamos. Me refiero, claro está, a las corridas de toros, a la fiesta nacional, un espectáculo enraizado hasta el tuétano en nuestra cultura (en las artes plásticas, en el habla, en la literatura y la música) y que hemos transmitido a otros países que libremente se han sumado al juego entre la vida y la muerte que se marcan torero y toro.

Comprendo que los aficionados a la fiesta nacional lo tenemos difícil, y no sólo por el valor que nuestra sociedad otorga a los animales (aspecto loable, sin duda, por más que en ocasiones los defensores de la causa velen con más fruición el destino de un animal irracional que el de sus semejantes) sino porque algunos interpretan la liturgia taurina con referencias políticas, sin considerar que este espectáculo pervive más allá del tiempo.No es fácil encontrar un foro abierto y libre en el que podamos explicar los beneficios ecológicos de la cría para la lidia del toro bravo. Esta especie, única entre los bóvidos, exige un entorno peculiar e imposible de mantener si no existiera la posterior ceremonia de la plaza. Las explotaciones exigen amplios espacios naturales en los que apenas se nota la intervención del hombre. El toro es un animal agresivo de por sí, terco, territorial y de nulos rendimientos agrícolas. Sería una locura explotarlo como se hace con el ganado frisón, el retinto o el avileño, ya que su acometividad segura obligaría a los ganaderos a tomar una serie de prevenciones que sólo podrían conducirle a la ruina. La riqueza biológica que hunde sus raíces en nuestra tierra sería, en cuestión de pocos años, una rareza, una excepción, una especie a punto de extinguirse, sin olvidar que su crianza extensiva permite la supervivencia de otras especies (aves de marisma, migratorias, pequeños y medianos mamíferos salvajes...), que desparecerían con la transformación de las fincas de ganado bravo en nuevos campos de labor.

Duele la injusta acusación con la que nos condenan algunos. El de los toros es un espectáculo libre que, además, ha inspirado la creación de buena parte de los artistas de los dos últimos siglos. Por otro lado, es también una de las únicas celebraciones públicas en las que se ofrece autenticidad: la fuerza bruta de un animal muy peligroso contra la destreza de unos hombres que en, su defensa, componen una danza indiscutiblemente admirable, bella. El toro logra, en el ruedo, desarrollar todas las destrezas con las que le ha premiado la naturaleza y el manejo de su criador, que busca una armonía entre la presencia física y el empleo de una bravura que se crece con el castigo.

Resulta innegable la sangre en la arena. El animal recibe un fuerte castigo en el caballo del picador, así como con los arpones de las banderillas. Innegable es, también, que en la mayoría de los casos muere a espada. Y digo en la mayoría porque al público se le otorga la facultad de solicitar el indulto como premio a la bravura, granjeándose el propio animal el derecho de convertirse en reproductor de regreso en la dehesa.

Hay suficientes argumentos para que los políticos no entren a valorar la convenciencia de que siga celebrándose el espectáculo taurino. A ellos les compete la gestión de los bienes públicos, no decidir en qué actividades lícitas debemos los ciudadanos ocupar nuestro tiempo libre, les gusten a ellos o no.
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