6 feb. 2010

Debería estamparse una serie de t-shirts con el lema: “Muéstrame tu armario y te diré quién eres”. Y en el lugar de “tu armario” podríamos poner “tu mesa de trabajo”, “la cajonera de tu despacho”, “el trastero de tu casa” o cualquier otro lugar destinado a guardar cosas, que lo mismo da. La clave es ese rincón en el que los hombres volvemos a la osera para acumular desechos sin orden ni concierto. Aunque las esposas pongan gesto de rabia al enumerar la gravedad de nuestro vicio, es recomendable que el varón mantenga un cubil por el que pueda ser recriminado, una esquina –la menos importante del hogar- en la que amontone sus trastos para que lleguen, muy de cuando en cuando, las manos femeninas a poner cada cosa en su sitio al tiempo que se escucha la sempiterna salmodia de lo poco cuidadoso que es uno con sus pertenencias.

El matrimonio necesita algunos momentos de desahogo por cosas pequeñas que, de pronto, agrandamos. No todo van a ser guiños y caricias, que las relaciones humanas precisan también de la electricidad de una discusión que pueda justificar, más tarde, un simulado arrepentimiento ante un defecto que ni se puede ni se desea evitar.El del desorden nos acompaña a muchos hombres. Y lo justificamos, la mayor parte de las veces, con que se trata de un desorden controlado en el que sabemos el lugar que ocupa cada objeto. ¡Mentira! Observo mi escritorio con un vacío en el estómago: en una misma montaña se entremezclan recibos, facturas, artículos, contratos de edición, las calificaciones escolares de los niños, la carta de algún lector y hasta las ofertas del supermercado. Sentarse a trabajar frente a semejante batiburrillo de papeles exige un plus de concentración, más cuando adivinas a tu mujer revolviendo en busca de ese talón de la tintorería que, sospechas, se esconde en algún lugar de tu mesa (puede que debajo del ordenador).

Al desorden, que puede resultar incluso un modo de decorar la casa, se oponen los días de puente y las bajas maternales, en las que el exceso de horas libres invita a la mujer a recuperar posiciones: se pone a tirar a la basura, sin ton ni son, aquello que encuentra fuera de lugar. La Historia debe de estar llena de conflictos a cuenta del afán devastador de una esposa por unas horas desocupada, que por el impulso de poner cada cosa en su sitio hizo desparecer no solo alguna quiniela de catorce sino más de un acuerdo de paz, ¿verdad Napoleón?, rubricado por la potencia enemiga.

Mi perdición son los zapatos. Si, por norma general, me olvido de limpiarlos no les quiero ni contar en qué estado se encuentra el hueco de mi armario destinado a ellos. Ella suele decir que le recuerda al paisaje de un bombardeo, como si mocasines, botas y zapatillas fuesen los cuerpos abatidos en una refriega. Y es que no lo consigo, aunque me someta al espíritu de la enmienda y haga esfuerzos mentales estilo zen por compartir su sencillo argumento: basta colocar, cada día, cada zapato en su lugar. Al cabo de una semana aquel agujero vuelve a recordar un happening artístico de suelas y cordones, de tapas y filis desgastados.

Todos recordamos con horror aquel momento de la infancia en el que un adulto, imbuido de autoridad, pronunciaba el terrible “a ordenar el cuarto”. Comenzaba entonces un desesperante peregrinar detrás de cada muñeco, de cada pieza, de cada lápiz de color, para colocarlo en su caja correspondiente. Sin embargo, aquellas órdenes iban destinadas a acrisolar en nuestras cabezas infantes la virtud, por más que la virtud siga costándonos un mundo. Aunque por este tipo de vicios el matrimonio sigue siendo la mejor de las instituciones humanas: el marido equilibra los defectos de la mujer y la mujer los del marido. La mía repasa mis bolsillos antes de verme partir de viaje y se encarga de visar que tenga los billetes de tren, la cartera, el dinero para el taxi, el cepillo de dientes… No en vano, ha sufrido más de una vez mi llamada telefónica desde la estación para confesarle que, en vez de los billetes he cogido un puñado de vales de El Corte Inglés.
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