2 abr. 2011

En mi vida hay dragones, zonas de mi mapa vital a las que me cuesta viajar porque me obliga a encontrarme con lo peor de mí mismo: aspectos interiores y exteriores enlazados por la soberbia y por un inmenso amor propio. Con gusto inauguraría mi escultura monumental en todas las plazas mayores del mundo si la caricatura no fuera un exceso, por lo que le debo a San Josemaría un viaje semanal a por esos dragones, a los que con la gracia de Dios procuro cazar para exponerlos frente al tribunal divino, la confesión, aunque siempre alguno se me escape para esconderse aún más lejos, allí donde ni siquiera existen los mapas.

El viaje del Opus Dei al interior de la conciencia, la invitación a la responsabilidad personal, el impulso con el que nos enfrenta a la batalla de nuestra propia santidad, queda a trazos reflejado en la película de Joffé, aunque mucho mejor lo muestra la biografía del propio fundador y aquellos a los que públicamente reconocemos la heroicidad de sus virtudes, por más que la Iglesia no haya dictado aún veredicto sobre su santidad (me refiero a don Álvaro del Portillo, a Isidoro Zorzano, a Montserrat Grases, al matrimonio Alvira, a tantísimos ejemplos de hombres y mujeres de hoy -¡miles!- que han convertido la vida en una aventura ejemplar de amor a Dios y a los demás). El resto, mal que bien, lo intentamos, convencidos de que lo nuestro es una vocación divina, una invitación del cielo a pesar de nuestros pesares, que son muchos, lo que nos hace reconocer que no somos merecedores de este regalo misterioso y bellísimo que nos anima a luchar contra los monstruos alados que vomita el pecado y a querer -sobre todo eso, ¡a querer!- al prójimo sin poner condiciones.A propósito de dragones, me viene a la memoria aquel embajador ante la Santa Sede, Puente Ojea, cuya misión parecía más bien una revancha por parte de aquel PSOE de mitad de los ochenta, dada la pública inquina del Excelentísimo don Gonzalo hacia la Iglesia y sus representantes. Cuando falleció el obispo Del Portillo, primer sucesor de San Josemaría, Puente Ojea tuvo la deferencia de reconocer públicamente que en aquel tiempo de enormes tensiones en la Embajada de la Piazza di Spagna, fue el Prelado de la Obra uno de los pocos que siempre le recibió y trató con respeto y objetivas muestras de cariño, que es un grado más en la virtud del afecto.

San Josemaría dio caza a todas las bestias de su naturaleza. De hecho, anhelaba que su cuerpo reposara hasta el final de los tiempos bajo el epitafio: “Josemaría. Pecador”, a pesar de que fue herramienta inmejorable para que se abrieran de par en par los caminos divinos de la tierra.
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