2 abr. 2011

Elegir un domingo el campus de muchas universidades públicas para dar un paseo, anega el corazón en una sima de amargura y desesperanza. No lo digo por el vacío de unas instalaciones que de lunes a viernes suelen estar pobladas de gente joven sino porque el paseante sufre la confusión de haber caído, sin darse cuenta, por una espiral que le lleva a los bajíos de la decadencia. Cree que ya no se encuentra en 2011, que el sol que calienta ladrillos, cemento y césped no pertenece al siglo XXI. Al dominguero le invade la sensación de que el astro rey se ha vuelto setentón y greñudo, que sus rayos son sucios y marrones. Es un sol con gafas de pasta y pantalón de campana que se da a la pintada amenazadora rubricada por las siglas de una agrupación de estudiantes anarcosindicalistas que viven de la subvención rectoral, por más que las manos que han manejado el bote de pintura hayan tocado pocos libros, apenas sepan nada de teoría política y desconozcan el papel que los sindicatos ejercen entre los trabajadores.

La universidad dominguera, repleta de ecos de un ayer casposo, apesta a meada y a arenga contra un enemigo imaginario, a comité y a subcomité en el que se discuten los principios de las secretarías generales de cada uno de los cursos de cada una de las facultades. Hiede a burocracia estéril envuelta en la fetidez indolente de San Canuto y Santa Maria Hierba, mezclada con las vomitonas entre los despojos bárbaros del botellón nocturno y las montañas de preservativos usados que el viento arrastra por los aparcamientos. Esa es la imagen dominical de muchos centros públicos: una montaña repugnante de profilácticos y una estela de sudor pegado a camisetas con calaveras que claman por la insumisión.Qué diferencia con otros campus, también españoles, en los que el paseante siente el gusto de pasear por un lugar ordenado gracias al respeto y al deseo insaciable de saber. Allí no hay pintadas invitando a una revolución ni expendedores de condones con los que fabricar dicha revolución. Al que quiere jugar a subversivo, se le invita a buscar nuevos aires en los que pueda gritar a pleno pulmón y rascarse las mordeduras de las chinches a sus anchas. Allí los alumnos no tolerarían que las explanadas del centro se convirtieran en bebederos de medianoche ni los aparcamientos en lupanares en batería.

Puede que la diferencia entre uno y otro modelo de Universidad resida en el concepto que sus rectores tienen de la libertad. Y del ser humano, por ende.
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