28 may. 2011

El mundo está poblado de cobardes que por las mañanas se asoman al balcón para calibrar el frío o el calor de la calle y así fabricarse una excusa con la que continuar apoltronados en el cómodo salón de casa, ajenos al río revuelto de la Historia. Esa gente entiende que el valor es atributo de toreros, pilotos de fórmula 1 o escaladores, un arrebato cercano a la enajenación mental cuando todo lo que nos rodea invita al placer de vivir con una mantita sobre las piernas. Y cuando alguien que no pertenece a los oficios recién enumerados se revela contra la tibieza general, se llevan las manos a la cabeza o hacen un gesto de negación mientras comprueban lo bien nutrida que tienen la nevera.

Los cobardes se niegan a entender que sólo con valor la vida se puede convertir en una aventura apasionante. Prefieren el anonimato de un existir acolchado en el que siempre se encuentra a alguien sobre quien echar las culpas de las propias vilezas. Sin valor, por ejemplo, no hubiesen surgido esos jóvenes cineastas que se ponen el riesgo por montera y emprenden proyectos como el de devolver a una niña heroica la fama tan injustamente pisoteada por una película de altísimo presupuesto, que recibió copiosos galardones a pesar de la indiferencia con la que fue recibida por el público y -lo que es más grave- de las calumnias que vertía sobre la protagonista, su familia y numerosos fieles católicos.Alexia nació un año después que yo. Alexia falleció un año antes que mi padre. El testimonio de su vida infantil, de su madurez forzada por una terrible enfermedad, de su manera de afrontar el dolor y su confianza en la misericordia de Dios, me ayudó sobremanera a encajar aquel vacío familiar. Leí y releí su breve biografía, que irremediablemente me provocaba un llanto con el que se me evaporó buena parte del desconsuelo que me causaba el anhelo del padre perdido.

Alexia era una chica valiente. De hecho, el valor con el que encaró sus circunstancias le hizo ser rabiosamente feliz hasta el final de su agonía. Su ejemplo fue crucial en la superación de un cáncer por parte de una de las chicas de mi pandilla. Alexia se convirtió para ella en un ejemplo, una heroína, sobre todo cuando más dañino le resultaba el tratamiento que acabó por devolverle la salud.

Hoy el documental de Alexia nos espera en las pantallas. Es una película sobre una valiente, producida y dirigida por otros valientes, destinada a un público valiente también.
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