1 jun. 2011

Primer Accésit Concurso Narrativa Taurina,

Club Cocherito de Bilbao

Salió de la boca del Metro confundida entre los viajeros que aprovechaban aquella mañana de jueves para hacer algunas compras por el centro, resolver un papeleo administrativo o curiosear entre las plantas de El Corte Inglés. A pesar de que ya se notaba un cambio en la tonalidad de la luz, el verano no terminaba de despedirse de Madrid y las calles retenían el olor del agua que al amanecer había refrescado las aceras y el del verdor cansado de las acacias, que tras los meses de julio, agosto y lo que llevaban de septiembre, parecían cansadas en su prisión de cemento.

Conocía de memoria el recorrido; lo había transitado tantas veces… Surcó la plaza, ascendió la primera costanilla de Montera y giró por una bocacalle a la derecha que, ya desde aquellas horas, estaba custodiada por tres o cuatro prostitutas añosas.

-Amparito… ¡Qué sorpresa! –le saludó la mayor de todas, dueña de un par de habitaciones en una casa cercana-. La de tiempo que no se te ve por aquí.
Chocó el rostro con aquellos carrillos maquillados que apestaban a pachulí, sin poder disimular un deje de vergüenza al lanzar dos besos al aire. Nunca le había gustado detenerse en la vía pública a charlar con aquellas mujeres, no fuera a pasar alguien conocido que pudiera hacerse una idea equivocada de su honradez. Además, Jaime repudiaba a las putas del centro que, como los gatos, siempre buscan las sombras. Para algo era matador de toros, tres años de alternativa, un hombre con una reputación modelada por una cornada mortal de necesidad y un manojo de triunfos incompatibles con los bajos fondos.

-No quiero que me vengan con el chismorreo de que tienes amistad con esas pelanduscas –le hacía entender cuando novios, las tardes de invierno que acudía a la sastrería poco después de que el reloj de la Casa de Correos tañera siete golpes de bronce-. ¿No te das cuenta de cómo me miran? –se quejaba al salir del portal mientras se subía los cuellos de la pelliza, camino del bar en el que se tomaban él una caña con su espumita y ella un café que estiraban, a sorbos muy medidos, hasta las diez.

-No es mi culpa –se eximía Amparito-. Doña Teresa es muy buena; a veces les entrega algunas piezas para que las cosan durante su tiempo libre, que por lo visto tienen mucho. Algunas disponen de máquina de coser junto a la cama.

-Y eso, ¿por qué lo sabes?

Amparito clavaba los ojos negros, como dos escarabajos, en el café mientras lo revolvía con una cucharilla.

-La maestra me envía a recoger los encargos.

-No quiero que vayas a los burdeles. –El novillero componía un gesto de fastidio.

-¿Qué burdeles? –Enrojecía como una niña que dice su primera palabra fea-. Éstas viven en el barrio y trabajan aquí y allá, cada una en un piso.

-Que te he dicho que no quiero –insistía.

-Entonces, a ver si el señor Carrasco te firma de una vez la alternativa y nos casamos.

-Para la primavera –le prometía, tomándola de la mano sobre el velador. Y se la besaba, hinchado como un palomo-. Lo tiene medio cerrado.

-Aranjuez, Segovia o San Martín de Valdeiglesias… -suspiraba Amparito al enumerar la retahíla de plazas que configuraban el ensueño de su novio-. Y para el San Isidro del año siguiente, la confirmación en Madrid.

Jaime sabía que su novia deseaba abandonar el taller. Tenía las yemas de los dedos enrojecidas de tensar rasos y pasar la aguja por duras entretelas; escamada la piel de las palmas de manipular el apresto que endurece los capotes; cansados los ojos de repasar dibujos florales con hilos de oro, plata, azabache y pasamanería blanca, y de contar lentejuelas como si fuesen granos de arroz.

Porque las novias de los toreros también guardan sus anhelos, y los de Amparito se resumían en juntarse con las esposas de los matadores de postín que recorren el mapa de España de feria en feria. Y viajar después a América durante el invierno y conocer Bogotá y la Valencia de Venezuela, Guadalajara en México, el Quito colonial y los lujos de la colonia de San Isidro, en Lima, que ella no deseaba fincas ni grandes automóviles, tampoco abrigos de piel ni noches a la mesa de los casinos. Sólo pretendía salir de aquel barrio de mala reputación y abandonar también el de Usera, en donde vivía con sus padres ahumada por la fritanga recalentada de una fábrica de churros y patatas fritas que se encontraba bajo su vivienda, para conocer junto al que sería su marido aquellos destinos que tantas veces mentaba la maestra Teresa mientras dibujaba con tiza y cortaba los patrones -ras-ras…-, remotos lugares que la vieja visitó junto a El Chico de la Huerta, un banderillero con el que vivía amancebada (ella siempre fue soltera y El Chico un sinvergüenza que mantenía dos mujeres, una en Hellín -la legítima- y otra –Teresa- en un piso de la calle San Ginés).

Era la maestra hija y nieta de sastres de toreros, figuras de la tijera y la aguja que aparecen nombrados en el Cossío porque vistieron a Vicente Pastor, a Nicanor Villalta, a Marcial Lalanda, a los Bienvenida, a Parrita, a Antoñete y a casi todos los peones que nacieron o se dejaron prohijar por la Villa y Corte, cuyas fotografías dedicadas decoraban las habitaciones y los pasillos del taller, el mismo en el que seguía cosiendo doña Teresa –las paredes, con un papel amarillento de dibujos imprecisos, daban fe del paso de la historia-, que firmaba las tarjetas de visita y el letrero de la puerta con el mismo empaque que sus ancestros: “Sastre de toreros”, que no modista.

-En todo lo que acompaña al arte de Cúchares, hay que respetar la liturgia. Se empieza por cambiar los nombres y se termina toreando con los avíos de una vedette –sentenciaba cuando los becerristas acudían por primera vez a que les tomara medidas y se arrebolaban al quedarse en calzones ante a aquella mujerona, que ponía un extremo de la cinta amarilla bajo el sobaco del zagal y apoyaba el metro en la costilla flotante, allí donde se ajustarían la faja y el chalequillo.

Amparo no pulsó el conmutador de la luz. Conocía bien la orografía de aquella escalera, cuyos peldaños se habían ido combando con tantos años de subidas y bajadas.

Antes de tocar el timbre, deseó que doña Teresa no le abriera la puerta.

<<¡Qué vergüenza venirle con esa demanda!>>

Aunque la maestra se había jubilado y traspasado el negocio a un sobrino, que antes quiso probar suerte en los ruedos pero fue incapaz de vencer el miedo llegada la hora de enfrentarse a una vaquilla durante un tentadero, Amparo estaba segura de que la vieja no había soltado el taller así como así, y la imaginó sentaba detrás de la mesa de los patrones con los labios enhebrados de alfileres, dispuesta a deshacer para enmendar los entuertos de aquel familiar que se había cargado sobre los hombros el peso de la saga.

Por eso suspiró cuando se encontró con un rostro desconocido, una muchacha mal teñida de rubio y vestida con un jersey de crochet por el que mostraba en celosía la negrura del sujetador.

-Vengo a por dos bovinas de canutillo de oro y a por algunas lentejuelas –soltó con urgencia y voz queda, sin molestarse en saludar ni hacer amago de poner un pie en la sastrería-. Me arreglaré con un par de cajas.

La muchacha –probablemente una costurera encargada de hilvanar rosas en serie- radiografió a Amparo de arriba abajo.

-Tengo prisa –insistió, dedicándole una mirada atribulada con la que pretendió ablandarle el corazón-. ¿Me hará un descuentito?

De vuelta en el Metro, zarandeada por los vaivenes de la línea y con la bolsa que contenía aquellos tesoros bien apretada al talle, protestó mentalmente por lo mucho que habían subido los materiales desde que se despidió del taller. Apenas le quedaba un rastro de calderilla de los billetes que le entregaron en la casa de empeño a cambio de la sortija que Jaime le compró en la borrachera de su primer éxito.

Le había dolido desprenderse de aquella joya, la última que le quedaba en el estuche, que abrió esa misma mañana antes de viajar en Metro a Sol: sólo refulgían objetos de quincalla, bisuterías para disimular cuando les invitaran a almorzar en la peña de su marido o acudiesen a la boda de algún compañero de profesión, aunque cada vez fuesen menos los convites.

<<Gajes del fracaso>>, pensó.

Amparo los llevaba con coraje porque nunca fue mujer-escaparate, de esas que sueltan estruendosas carcajadas en las entregas de premios al finalizar la temporada, para que todo el mundo las mire y juzgue los mágicos efectos de una operación de estética en Miami, de vuelta tras hacer campaña junto a su esposo por las plazas de América; o de esas otras –muchas veces las mismas- que menean las manos para hacer sonar el oro al que viven engarzadas.

Después de una modesta alternativa en Béjar –el señor Carrasco no tenía fuerza suficiente en los despachos para hacer cumplir sus promesas-, llegó la boda, que fue sencilla y de la que sólo apareció una minúscula nota informativa en las últimas páginas de una revista taurina.

Jaime la desposó de corto, qué guapo estaba, con un traje de terciopelo negro, regalo del taller de doña Teresa. El matador corrió con los gastos del banquete, una cascada de langostinos en la que se dejó sus primeros ahorros, así con la luna de miel en un hotel de dos estrellas frente a la bahía de Mallorca.

La fortuna, capricho indispensable en el éxito de cualquier torero, dio la cara meses después: Carrasco le consiguió una sustitución en Palencia de la que salió a hombros junto a Paquirri y Emilio Muñoz -toros de Molero-, aunque artista y apoderado no vieron un duro más allá de los gastos para la cuadrilla. A partir de entonces, los propietarios de los cosos de Castilla la Vieja le requirieron como cola de cartel en todas las ferias de la siega que se celebran en septiembre, en las que engarzó un triunfo con otro: un rabo en Valladolid, dos vueltas al ruedo tras fallar con la espada y dos orejas de un solo morlaco en Salamanca, cuatro apéndices en Ávila y otros cuatro en León, en un festejo extraordinario que echó el telón a la campaña.

Parecía que la siguiente temporada vendría encauzada, aunque para disgusto de Jaime y Amparito el señor Carrasco no fue capaz de abrirle un hueco en Valencia ni en Castellón, y el torero se vio obligado a estirar sus primeros naturales en el frío serrano de la portátil de Valdemorillo, que en el tercero incluso se puso a nevar –cómo olvidarlo- y los únicos olés que hicieron eco contra la bóveda cárdena del cielo fueron los de su mentor, que no cejó en sacudir su moquero, encumbrado sobre la barrera, hasta que el presidente, aterido en el palco, ordenó que el alguacilillo le entregase a Jaime las dos orejas.

Aún dormían de prestado en el piso de Usera, que hasta los avíos de torear apestaban a grasa de porras, porque a Carrasco le pagaban siempre tarde y mal. Cuando el celo por un nuevo contrato no le dejaba dormir, Jaime buscaba a Amparito de madrugada, la despertaba para pasarle el brazo por debajo de la cabeza y la atraía hacia sí, dispuesto a contarle, como si reescribiera el cuento de la lechera, todo lo que les depararían las ubres del destino cuando pudiera imponer sus condiciones en los carteles y no se ciñera la taleguilla por menos de doscientos mil duros.
Hubo confirmación en Madrid, aunque no durante la feria de San Isidro sino en una tarde de agosto, la cuarta de Jaime en el año después de tres paseíllos por cosos de tercera. Abría el cartel un veterano coleta del Perú, seguido por un matador maño como testigo y seis toros del Cura Valverde en chiqueros.

Aquella tarde se convirtió en pesadilla recurrente, pues en víspera de corrida los sueños de Jaime siempre los ocupaba uno de los “tíos” del cura, abierto de cuerna, musculoso y enmorrillado, bautizado como Flaustista, que apenas salía por el portón del miedo, comenzaba a barbear las tablas amenazando al torero con voz crepuscular: <<Te voy a matar>>.

Jaime buscaba el olivo entre la risa burlona del público. Lanzaba el capote a la arena y corría hacia el parapeto pintado en sangre, por más que las tablas siempre estuvieran a la misma distancia y las carcajadas se hicieran más y más hirientes.

-Jaime, Jaime… -le sacudía Amparo hasta despertarle.

El torero encendía la lamparita de la mesilla, se retiraba el sudor de la frente, prendía un cigarro y se lo fumaba mientras su mujer se ovillaba a su vera y le obligaba a contarle de nuevo aquel delirio, para ver si entre los dos eran capaces de conjurarlo de una vez y para siempre. Es decir, volvían a aquella tarde agosteña de la confirmación, en la que los tendidos de las Ventas se veían yermos desde el patio de cuadrillas, salvo por las salpicaduras multicolores de los grupos de turistas japoneses bajo el sol impenitente, y los pocos aficionados cabales que no habían podido salir de veraneo y zureaban como aves de palomar bajo el techado de gradas y andanadas.

-En mi primero, el público andaba todavía frío –Jaime soltaba una fumarola de humo al tiempo que la mirada se le perdía en la penumbra de la habitación-, y aun así me jalearon la media y el quite por delantales. También gustó el inicio de faena: los ayudados por alto, el pase del desdén, aquella manera con la que me saqué al toro hasta el tercio…
Amparito no decía nada. Apretaba la boca dibujando una sonrisa y respiraba profundo, deseosa de coger de nuevo el sueño.

-Lo intenté con la izquierda, pero por ahí el animal protestaba. Tampoco es que fuera cierto por el otro pitón, aunque me dejó ligar un par de series que puso a todo el mundo de acuerdo. Si me hubiese aguantado una tanda más… -suspiraba-. Y aunque lo pinché arriba un par de veces, me obligaron a recoger una ovación desde el tercio.

Lo malo vino en el sexto. Los veterinarios no se habían dado cuenta en el reconocimiento de que aquel burel apenas veía, pues llegaba cruzado y lanzaba tarascadas de defensa en cuanto perdía, en determinado ángulo, el movimiento del capote. ´

El Rubio, su peón de confianza, se lo avisó encogido en el burladero del 7:

-Cuidado, niño, que está tarado.

Pero Jaime era consciente de lo que se jugaba aquella tarde: Carrasco sólo le tenía firmada una mixta en Colmenar de Oreja junto al novillero local y a un rejoneador de tercera, y la repetición en algunas de las ferias de la siega, aunque no en todas ni con los carteles de calidad que disfrutó la temporada de su despegue.

-Por eso me zafé como pude de la cornada hasta que sonaron los clarines y timbales del último tercio.

Exigió la montera a su mozo de espadas.

-Chiquillo, ¿qué vas a hacer? –lloriqueó Carrasco-. Que no está para brindarlo.

La posó sobre la muleta, plegada en su brazo izquierdo, dio media vuelta y comenzó a caminar con paso resuelto hacia la boca de riego, a pesar de las recomendaciones de El Rubio, que al retirarse al callejón después del tercer par de banderillas le animó a ejecutar un rápido abaniqueo y a meterle la espada de cualquier manera.

-Pero lo brindé al público de todo corazón. –Daba una última calada que consumía el pitillo hasta el filtro-. Nunca he vuelto a ofrecer una faena con tanta rotundidad: <<el toro o yo>>, me dije.

Clavó las zapatillas en posición de firmes, hizo de la franela un cartucho de pescado y llamó a Flautista, al que sujetaban Lucio Rivero y El Estepeño en el burladero del 2, a unos veinticinco metros desde donde Jaime lo citaba.

-No se volvía hacia mí, aquerenciado en las maderas. –Soltaba el humo por la nariz en dos vaporosas culebras azuladas-. Pero continué en los medios, con la barbilla hincada en el pecho y la firme resolución de esperarle inmóvil aunque tuviesen que darme los tres avisos.

Los banderilleros taparon la punta de sus capotes y la bestia al fin giró sobre las pezuñas. A lo lejos, perdido en un mismo plano sin color, el toro adivinó una forma borrosa a la que acompañaba un grito ronco: <<¡Ehé torito!... ¡Vente torito!...>>.

Se arrancó en un trote distraído y cochinero, más por curiosidad que por furia, y no cambió la velocidad de su carrera hasta que al fin dio forma a aquel don Tancredo que parecía congelado.

-Cuando lo tuve a cuatro o cinco metros, intenté el pase cambiado por detrás, el mismo que las crónicas antiguas le cantaron a Antonio Bienvenida y que yo ni siquiera había probado de salón. –Apagaba la colilla-. Fue una inspiración, un golpe de arte que me vino de pronto a las muñecas.

Pero Flautista no respetó la trayectoria del viaje que había venido marcando; en cuanto Jaime abrió la muleta como una mariposa que echa a volar, dejó de ver a su oponente y suplió el trote por un galope desenfrenado, bajó la testa rompiendo el aire con las puntas de la cornamenta y enganchó al torero desde abajo, zarandeándole como a un pelele bajo los gritos de quienes todavía no se habían marchado en busca del alivio de una horchata o una cerveza en los bares vecinos a la Monumental.

-Me abrió la tripa desde el ombligo –su voz se había convertido apenas en una vibración y no escuchaba la respiración calmosa de Amparito-, sacándome los intestinos en cada una de las vueltas que me dio sobre los cuernos.

Hacía años que el cirujano jefe no ordenaba llamar a un sacerdote a la enfermería de la plaza. Le impartió la extrema unción mientras los médicos hacían lo posible por tapar los agujeros por los que se le escapaba en borbotones la vida al confirmante.

El señor Carrasco le telefoneó a Amparo una vez lograron empalmarle los extremos del intestino delgado, después de sajarle más de medio metro desgarrado por Flautista. Llegó al hospital con sus padres en el mismo momento que arribaba la ambulancia con el moribundo.

Horas después El Rubio, Rivero y El Estepeño se derrumbaron al encontrársela en el pasillo que daba a la UCI, como si se sintieran responsables de la posible viudedad de aquella inocente muchacha.

-Le rogamos que lo matara sin darle un pase, que el toro no merecía faena. Pero tu niño lleva el toreo en el corazón.
Amparo siquiera les regaló una mirada antes de volver al mundo fantasmagórico de quien aguarda la peor de las sentencias.

La cuadrilla y el señor Carrasco se ocuparon de la prensa. Por primera vez, la televisión se interesó por el torerillo y los noticieros abrieron y cerraron –durante un par de días- con la secuencia de la cogida, pasándola a cámara lenta justo en el momento en el que la primera de las asas intestinales brillaba en el aire.

Aquellas impresiones le daban mal agüero, así que Amparito respiró profundo, apretó con más fuerza la bolsa con los avíos de coser y se fijó en el nombre de la estación de Metro en la que acababa de detenerse la locomotora.

<<La siguiente, ya es la mía>>.

Jaime superó los días críticos a cambio de un dolor que ni la morfina lograba domeñar. Le habían construido un ano artificial de manera provisional, hasta que las heridas internas cicatrizasen y el bolo alimenticio pudiera de nuevo pasar hacia su evacuación natural. Durante meses se tuvo que alimentar de una papilla elaborada por los especialistas de digestivo, que enseguida acababa en una bolsa humillante prendida a su costado derecho.

Cuando le permitieron regresar a casa, la temporada había finalizado y su confirmación de alternativa aparecía como una terrible anécdota en los anuarios de la prensa especializada, nada más.

El médico que seguía la evolución del traumatismo, le insinuó en una de las primeras consultas que no podría volver a vestirse de luces ni siquiera como peón de brega. Su paciente había perdido muchos kilos y buena parte de la masa muscular.

En cuanto regresaron a Usera, Amparo le habló del traspaso de la churrería del bajo.

-Los dueños se jubilan y pretenden ofrecerla a alguien de confianza -intentó parecer animosa-. Es un negocio digno y sacrificado que, aunque nos obligue a madrugar, llevado con prudencia nos dejará a final de mes unos miles de duros con los que ir tirando sin mayores pretensiones.

Su esposo se volvió contra la pared del dormitorio para que no le viese llorar.

-Sé que aún no te he dado nada de lo que te prometí, pero soy matador de toros, no churrero –remarcó, quitándose la moquita con el envés de la muñeca antes de rugir entre dientes-. ¡Qué sabrá ese matasanos de la pasta con la que me parió mi madre!

Puso tanto empeño en recuperar su naturaleza, que en enero apareció por la Casa de Campo con los trastos en un atado. Saludó a los chavales que se reunían para torear al aire, que por lo mucho que había cambiado tardaron en reconocerle.

Poco a poco, con el tesón de quien no tiene nada que perder, fue tomándole de nuevo el pulso al tergal y a la franela que exhalaban un tufo a aceite recalentado. Y cuando su cuerpo resistió las faenas completas a tres toros imaginarios, buscó una cabina telefónica en el Paseo de Extremadura, marcó un número que se había aprendido de memoria y solicitó que le pasaran con el empresario que regentaba Las Ventas, quien esa misma semana había presentado los primeros carteles del mes de marzo.

-¿Y por qué no es Carrasco el que me pide esta oportunidad? –preguntó aquel hombre, famoso por su frialdad, desde el otro lado de la línea. Le había sobrecogido la petición que acababa de hacerle el joven matador.

-Ahora voy por libre, don Juan Luis –le respondió como disculpándose-. Cuando sume algunos festejos y haya reunido lo suficiente para repartir, volveré a contar con él; usted sabe que lo quiero como a un padre.

A don Juan Luis se le ablandó el corazón, pues guardaba fresco en la cabeza el trajinar del párroco de Nuestra Señora de Covadonga por el patio de caballos, con las yemas de sus delicados dedos empapadas en la sangre del torero.

-Los sentimientos nunca son recomendables en los negocios -admitió tras un carraspeo-, pero quiero verte, Jaime, para comprobar si es cierto que te has recuperado. Vente mañana por la plaza.

En su despacho que olía a caballo de picar, firmaron una corrida en la que actuaría de segundo espada en un cartel humilde que serviría de prolegómeno a la feria de Otoño, noticia que a Amparito le produjo un vacío en el estómago, pues Jaime todavía tenía fresca la sutura de la enterostomía, uno de los pocos tecnicismos quirúrgicos que la antigua modistilla había logrado aprender.

Subió las escaleras de la boca de la estación. Al llegar a la acera necesitó detenerse para tomar resuello. Se llevó la mano al vientre y aspiró y expiró profundo unas cuantas veces. Después consultó su reloj de muñeca y se asustó de lo rápido que había pasado el tiempo.

Jaime había decidido vestirse en casa. En la casa de sus suegros, por ser más precisos, y acudir a la plaza con un traje de luces que exhalaba aquel perfume de los pobres, mixtura de esencias de aceite pasado, masa de harina y agua, y fécula.

Ya no era el terno blanco y oro con el que tomó la alternativa en Béjar, el mismo que lució en Palencia, Valladolid, Salamanca, Ávila y León, el único que tuvo para vestirse la tarde agosteña de su confirmación de alternativa y que Flautista había destrozado, llevándose entre los pitones el raso y los bordados, que convirtió en hilachas. Era un vestido verde botella que Jaime le compró de segunda mano y a muy buen precio a doña Teresa, y que lució a lo largo de sus tres campañas de novillero. Tenía el oro gastado, sin apenas brillo, y al contemplarlo de cerca cualquiera podía adivinar el hueco de las lentejuelas que, tarde a tarde, se le habían desprendido.

-¿En dónde estabas? -le saludó el matador, que en víspera del día de la corrida se entretenía en el salón comedor elaborando un puzzle antes de dar un paseo con su suegro, al mercado tal vez o a los comercios que jalonan la avenida de Marcelo Usera, para tomarse el aperitivo en la peña, en donde se habían acabado las entradas de sol para la tarde siguiente.

Amparito aprovechó aquella ausencia y descolgó el vestido del armario para sacarlo de su funda de plástico. Se sentó en la terraza -necesitaba buena luz-, enhebró la aguja con el canutillo de oro, y empezó a repasar aquellas líneas que simulaban las plumas de un pavo real, abrazando el hilo nuevo al viejo para que su marido, al llegar el domingo a la puerta de cuadrillas de Las Ventas, no desmereciera de los otros dos matadores, que seguro estrenaban terno aprovechando que toreaban en Madrid.

Escondió los pertrechos cuando su padre y Jaime regresaron, a eso de las tres, y los volvió a sacar después de que El Rubio acudiera a las cinco para llevarse al matador a la Casa de Campo, con el propósito de caminar y realizar algunos estiramientos.

Mientras engarzaba las lentejuelas, de sus labios brotaba una nana distraída. Cuando finalizó con el espaldar de la chaquetilla, continuó en las mangas para, al declinar del sol, rematar los machos.

-Anda, vámonos a misa -le invitó su madre desde el quicio de la puerta de cristal.

La escucharon en una nave lateral y Amparito se la pasó entera de rodillas, sin atender a los movimientos litúrgicos de los fieles, que se levantaban, se sentaban, se volvían a levantar y se hincaban en los reclinatorios. Sus labios bisbiseaban un ruego detrás de otro, aunque cuando regresaron al piso, ya de noche cerrada, reparó en que no le había pedido a Dios por la salud de su marido ni por que el ángel de los toreros le evitara un nuevo percance, sino para que Jaime disfrutara de un éxito en Madrid con el que se cobrarse tantos meses de postración y sufrimiento.

-¿Cuándo se lo vas a decir? -le inquirió su madre en el portal, junto a la churrería que ya había echado el cierre.
-Mañana, madre, después de la corrida.

Jaime se levantó muy temprano y tomó un desayuno frugal. Le había perdido el gusto a comer de más. Después volvió al dormitorio y le hizo el amor a Amparo para echarse de seguido una siesta del carnero, de la que salió algo confundido cuando su mujer alzó la persiana.

-Son las doce -le anunció con voz cantarina.

Sobre una consola humeaban un caldo y la tortillita francesa, el almuerzo para ir a torear con el estómago limpio, presto si se daba la contingencia -Dios no lo quisiera- de necesitar una anestesia.

-Anda, preciosa, ¿por qué no me preparas el vestido? -le sonrió desde la cama.

Amparito fue al armario y sin decir nada volvió a descolgar el traje verde botella, le retiró el plástico y lo colocó sobre una silla de enea que la noche anterior habían metido en el cuarto.

-Míralo -comentó Jaime con sorpresa-; diría que parece nuevo.

Mientras tomaba una ducha y se afeitaba, su mujer le planchó la camisa, le lustró las zapatillas, abrió la caja de la montera y tomó con delicadeza el añadido.

Cuando salió del cuarto de baño envuelto en una toalla, había llegado el señor Carrasco con Ardiles, el del bar, que por aquella tarde ejercería de mozo de espadas siguiendo las indicaciones del viejo mentor.

-Ha quedado precioso -le susurró Jaime al oído de Amparito al darle un beso en el salón comedor-. ¿Cómo pudiste mantenerlo en secreto?

Y es que el vestido, con todo lo que había adelgazado, le caía como un guante y apenas se notaba el oro gastado gracias a las puntadas con el material nuevo de la sastrería.

-Anda, ven -su mujer le tomó de la mano-. Recemos juntos.

Permitió que Jaime encendiera la candela frente al tríptico repleto de estampas. Se santiguaron y de la casa se apoderó un silencio sacro.

-Vete y triunfa -le despidió Amparo en el descansillo de la escalera.

Jaime no le dijo nada. Llevaba el capote de paseo plegado a la cintura y con el pulgar de la mano derecha sostenía la badana de la montera.

-Es la hora -anunció Carrasco secamente.

Cuando cerraron la puerta, Amparito apoyó la cabeza en la madera y cerró los ojos. Su madre le acarició la caída de la melena y juntas escucharon los ánimos de los vecinos y curiosos que se habían arracimado al portal.

Hora y media después, les sorprendió un grito desde la calle.

-¡Dos orejas, Amparo, dos orejas en el primero!

Las mujeres se asomaron a la terraza. Eladio, el tesorero de la peña, había llegado corriendo hasta la fachada de la fábrica de patatas y elevaba los brazos al cielo, borracho de euforia.

-Lo han dicho en la radio, aprovechando el descanso del partido: un faenón de Jaime que ha hecho crujir la Monumental.

Hija y madre se miraron. A la suegra del matador se le cuajaron los ojos de lágrimas.

-Dos orejas... -le tomó a Amparo de los antebrazos con manos temblorosas-. ¿Te das cuenta?

Amparito no hizo ningún comentario. Se volvió, entró de nuevo en el piso, llegó a su habitación, tomó su bolso y lo abrió. En la cartera tenía el abono transporte.

-¿Qué haces? -inquirió su madre desde el pasillo.

-Me voy a la plaza.

Una hora y media después, un tropel de aficionados se apresuraban por abandonar el edificio neomudejar de Las Ventas. Acababa de abrirse la puerta grande de par en par y a lo lejos, en el ruedo, se veía a Jaime sobre los hombros de una nube de entusiastas. El Rubio, Lucio Rivero y El Estepeño se las veían y deseaban para evitar que los fanáticos de los recuerdos no terminaran por destrozar el viejo vestido que Amparo había reconstruido con tanta habilidad, pues le arrancaban los alamares como si en vez de un matador protagonista de una tarde antológica fuese un santo del que manaran chorros de gracias.

Amparo llevaba más de media hora esperando junto a una de las casetas de la reventa oficial, esas que ofrecen entradas con un suplemento del veinte por ciento.

-Mira a tu padre -susurró con las manos firmes en el vientre-. Mira a tu padre, hijo mío, porque es el más grande de los toreros.

La turbamulta formaba un oleaje de cabezas entre los caballos de la policía nacional. Cuando los capitalistas enfilaron el túnel de la puerta de Madrid, las pocas lentejuelas que aún permanecían en el vestido fulguraron como chispea la capa de una Virgen de Semana Santa entre los hachones que acompañan a los pasos.

-¡Torero, torero!... -coreaba la multitud para honrar a aquel Lázaro que llevaban en andas desde la gruta de la muerte-. ¡Torero, torero!...

Jaime había logrado cortarle otra oreja a su segundo, el quinto de la tarde, con una faena de exposición que inició en la misma boca de riego con aquel pase cambiado por detrás, el mismo que las crónicas amarillentas que se convertían en polvo cantaron al difunto Bienvenida, torero de la capital. El tercer trofeo de su tarde y porque hundió la espada al tercer envite, que si no el público le hubiese entregado el toro entero, desde las puntas de los cuernos a la del rabo.

Y cuando aquella marea humana logró conducir al héroe hasta la calle Alcalá, entre fogonazos de flashes y pisadas de caballo, Amparito dio unos tímidos pasos al frente abandonando la seguridad de las casetas, para que sus ojos se llenaran con el delirio de aquel milagro.

-Mira a tu padre -volvió a llevarse una mano a la tripa.

Entonces Jaime reparó en una figura ajena a la multitud, aquella mujer apocada que le observaba con el semblante de quien contempla una aparición.

-¡Amparito!... -gritó, pero la gente chillaba más fuerte.

-¡Torero, torero!...

-¡Amparito!... -se le ahogaba el nombre de la modistilla entre un torrente de lágrimas y el corear de sus admiradores.

Reparó en sus manos, trenzadas sobre la blusa suelta a la altura del útero.

Y entonces comprendió.
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