18 jun. 2011

Todo serial que se precie necesita un conflicto paterno filial. Desde Luke Skywalker, que descubre a su padre en quien creía su enemigo, hasta esas telenovelas en las que la protagonista llega a la conclusión de que su padre no es otro sino el que va a convertirse en su suegro, y que, a la postre, con su novio sólo puede mantener relaciones incestuosas.

A lo inverosímil le va como anillo al dedo el drama genealógico, que en Occidente ha adquirido visos de tumulto cuando los hijos concebidos in vitro (especialmente aquellos que han nacido en un hogar monoparental) comienzan a preguntarse cómo rayos llegaron al mundo.Los negociados de la reproducción asistida se han sacado de la manga un programa para informar a los niños que fueron germinados en probetas, acerca del técnico camino de su concepción: que si su mamá quería ser madre por encima de los límites impuestos por la naturaleza; que si su papá fue escogido entre las pajuelas de un banco de semen; que si de los embriones que superaron el primer proceso, el científico seleccionó al azar unos cuantos al tiempo que desestimaba al resto de sus microscópicos hermanos; que si de esas mórulas sólo una se asentó en el útero para continuar el proceso de su desarrollo humano; que lo sienten, pero nunca podrán informarle del propietario de los espermatozoides con los que obraron el “milagro” (¿de persona cuerda o demente? ¿de extranjero o nacional? ¿de desconocido o del padre de la chica con la que ha comenzado a salir?… Las posibilidades son infinitas y ofrecen todo tipo de morbosas combinaciones); que, por tanto, nunca llenará el hueco afectivo que en cualquier persona se completa con el conocimiento de un padre y de una madre; que lo mismo ni siquiera el óvulo era de su madre sino que, por mayor seguridad, el laboratorio tomó el de una donante más joven y sana; que desconocen su carga genética, por más que la misma habría podido anticipar algunas enfermedades; que nunca dispondrá, claro, de abuelos, primos o antepasados a los que achacar gestas y villanías.

Aunque parece un juego, apunta a todo un drama, el de hombres y mujeres cuyo origen se debe a la pericia de un investigador y al capricho de quien sentía el egoísta vacío de no tener descendencia. Nada de amor ni de la seguridad de un hogar forjado por el compromiso de un padre y de una madre. Sólo el frío de un aséptico laboratorio en el que los bebés se ofrecen a la carta.
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