25 jun. 2011

Mi familia, como la mayoría de las familias españolas, es un caleidoscopio. Mi abuelo paterno, al estallar la Guerra tenía 7 hijos. La acabó con 2 más y después vinieron los 5 restantes. Era republicano y católico, y nada quiso saber de la contienda fratricida. Mi abuela materna tenía raíces nacionalistas y murió convencida -a pesar de la versatilidad ideológica de sus más de 250 descendientes- de que la belleza del País Vasco la engrandecía el mal sueño de Sabino Arana, pese a que los pistoleros del visionario obligaron a alguno de mis tíos a buscar refugio lejos de nuestro amado Bilbao. Mi padre, en las antípodas, lloró el fallecimiento de Franco, pues adivinó el final de un tiempo de paz y bonanza. Mi abuelo materno luchó en el ejército Nacional y recibió una condecoración por su herida en el frente. Mi abuela materna, monárquica hasta los tuétanos, receló del Generalísimo ya que nunca correspondió a la sangre derramada por los fieles a la corona (sus hermanos, masacrados en Somosierra). Mi madre, por el contrario, se conformó con gobernar nuestro hogar.Podría seguir. Contar del padre de uno de mis tíos, a quienes los vencedores encerraron en la cárcel durante años. O de un primo paterno que simpatizó con aquella ETA a la que buena parte de la izquierda apoyó en sus primeros coletazos de serpiente (pasó un tiempo a la sombra). O de los 20 de noviembre a los que algunos parientes acudían para alzar el brazo y clamar el nombre del dictador. O del voto socialista de aquellos que, inocentes, vieron en Felipe González un adalid de la honestidad. O del destierro a Fuerteventura de un familiar falangista que escoró hacia el rojerío o del vil asesinato, tras largo secuestro, de aquellos a quienes consideramos parte de nuestra sangre.

Como la mayoría de las familias españolas, nunca nos lanzamos los muertos como carne acusadora. Como la mayoría de las familias españolas, aceptamos con naturalidad los vaivenes ideológicos de cada cual, sin desdeñar las risas y las lágrimas compartidas, la unión fraguada en nacimientos, cumpleaños, sacramentos, enfermedades, triunfos, fracasos y muertes.

Honramos la memoria de los nuestros, de todos, sin hacer distingo. A ninguno tildamos de “asesino”. En aquellos tiempos bárbaros había actitudes generalizadas que hoy ya no forman parte de la justicia de los hombres, por más que quienes desean arrancar los huesos de Franco de su descanso granítico hayan dado alas a quienes matan hoy: regidores y diputados etarras, carniceros en clínicas abortistas.
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