24 sept. 2011

La economía no augura renuevos y el monedero familiar hace tiempo que es pasto de las polillas. No queda una perra gorda ni bajo el colchón de esas bisabuelas que nunca se fiaron de los bancos. Sin embargo, cualquier situación ofrece una lectura vital y optimista. Sin ir más lejos, desde hace meses no hay chaflán, plaza o parque en Madrid que no se llene a la hora del almuerzo con oficinistas que abren la tartera al sol o despliegan, en un castillo de reverberaciones, el papel de aluminio de un bocata, lo que da a la capital del Reino un aire jovial que recupera la costumbre de sentarse a la fresca.

El pesimismo no es un rasgo de carácter sino una rendición ante la vida, la comodidad con la que se justifican quienes no están dispuestos a ofrecer sus talentos a favor del bien común. ¿Para qué esforzarse en contagiar entusiasmo si -más temprano que tarde- todos seremos pasto de los gusanos?Conocí un hombre al que llamaban “Me quiero morir”. Gastaba traje gris y arrastraba los pies como si estuviese trabado al suelo con grilletes. Si te atrevías a festejarle la belleza de una mañana soleada, rápidamente anunciaba una borrasca para el día siguiente. Y, claro, manejaba toda la baraja de los dolores físicos, goteras que acompañaba con unos párpados taciturnos, del tono desvaído de sus chaquetas. Si nunca existió nada completamente a su gusto tampoco echó jamás una carcajada desinhibida. Porque los cenizos son estridentes, sobre todo, cuando ríen.

El pesimista colecciona con angustia los años de ausencia que van pasando desde la muerte de sus seres queridos, persuadido de que el aire que respira pertenece más al mundo de los panteones que al devenir de quienes seguimos fresquitos y coleando. Si te compras un coche, te advierten que te arruinarás al llenar el depósito; si decides tomarte unos días de vacaciones, tachan la irresponsabilidad con la que defiendes los intereses de tu familia. No quieren la compañía de una mascota porque, argumentan, “el día que estira la pata lo pasas fatal”. Con razones parecidas desprecian la amistad, pues en los otros entrevén al gorrón que terminará por complicarles la vida. Por eso nunca se alegran de los triunfos ajenos, de los que siempre sospechan antes de echar sobre la espalda de los demás los motivos por los que nunca lograron brillar.

Aunque la economía languidezca en su camino hacia el abismo, por favor, no permitamos que ese ceniciento que nos acecha se adueñe de nuestro destino.
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