1 oct. 2011

Muchos creen que esta reivindicación a voz en cuello pertenece a tiempos pasados, a esas fantasías con las que tantos aseguran haber corrido delante de los grises, por más que Franco nunca lograra reunir tanta policía como necesitan las epopeyas de quienes piensan haber nacido con una leyenda de libertador tatuada en la frente. Pobrecitos: todavía disfrutan cuando ponen el viejo vinilo de Paco Ibáñez en el Olimpia y suman sus voces, ya avejentadas, a las de un público que repite y repite la consigna: ¡Libertad!

En teoría, la libertad nos llegó hace mucho tiempo, aunque decidimos resumirla en depositar un voto cada cuatro años para que nuestros representantes nacionales, autonómicos, locales y esos que se llevan el gordo con un butacón en el Parlamento Europeo, hagan y deshagan en tantos asuntos que pertenecen a nuestro exclusivo albedrío.Cada vez contemplo con mayor aprensión esta democracia mutilada. Me desconcierta un sistema que adormece al individuo, embrutece a la masa y gesta a tantos bobos que aprietan el bastón de mando como si fuese una varita mágica. Por eso cada día siento más arraigado el amor a mi patria y el desafecto hacia mi pueblo, al que pertenezco, claro, y por el que reconozco la cuota de responsabilidad que me corresponde, pues también ha sido mi pereza intelectual, mi egolatría, la que ha ayudado a engordar esta pasta fofa que acepta con resignación el tocomocho de sus representantes.

La última de las estafas ha sido el the end sobre la plaza de toros de Barcelona. Muchos lectores juzgarán que la prohibición de la Fiesta Nacional en Cataluña es un asunto baladí frente a otros con más enjundia. Y puede que tengan razón. Sin embargo, me hiere la arrogancia de esos mentecatos que deciden inyectar odio en todo aquello que fractura su ensoñación provinciana, ajenos a la historia, la tradición, la cultura, el arte y los gustos del pueblo que representan. Elegidos en las urnas, por supuesto, hacen del ejercicio público una absurda colección de titulares,boutades con las que hinchan el pecho, bravuconadas de teatro malo.

Pero han acabado con las corridas porque es un espectáculo sin protección, ellos que presumen de haber corrido delante de los grises. Sin embargo, su prohibición ha provocando que el pueblo que dicen representar se una en un coro dramático que grita “¡libertad!” mientras se lleva a los toreros a hombros por las calles.
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