4 sept. 2011

Las ideas viajan de polo a polo a gran velocidad. Ventajas de este tiempo maravilloso, capaz de romper distancias y de hacer que España sea el corazón de Argentina y que Argentina sea el corazón de España, o al menos así le ocurre a este pequeño escritor que por ser español y vivir en España, presume allí por donde va de publicar en “Empresa” -revista argentina- algunos de sus artículos. Y claro, cuando las palabras se multiplican por cientos de ejemplares no es de extrañar que más de un lector curioso rastree mi correo electrónico en la dirección de la página web con la que firmo mis columnas, logrando colar las inquietudes del otro lado del planeta en la pantalla de mi ordenador, el mismo PC desde el que garabateo estas líneas, logrando como por arte de magia que –a pesar de los kilómetros- podamos compartir las mismas preocupaciones y muy parecidas ilusiones de forma instantánea.

El argentino curioso del que les hablo se llama Gerardo y es profesor en un colegio de Buenos Aires.
Suelo repetir, allí donde me invitan a hablar en público, que el mundo necesita con urgencia buenos maestros, instructores que vayan más allá de la correcta explicación de sus asignaturas y hagan de la transmisión del conocimiento (del técnico o del práctico, además de los secretos para hacer de la vida una experiencia feliz) una vocación con todas las de la ley en la que se impliquen por completo. Y algo me hace confiar en que Gerardo forma parte de este tipo de profesores, aquellos que calan en la conciencia de sus alumnos hasta dejarles una huella imborrable estampada con la fuerza del ejemplo, ya que la ejemplaridad es su efectivo método de trabajo.

El asunto es que Gerardo viene a España en unos días y hemos quedado para vernos. Y no sólo porque debajo del brazo me traerá un encargo (alfajores de dulce de leche, mi debilidad), sino porque vamos a compartir en Madrid una experiencia histórica: la nueva Jornada Mundial de la Juventud convocada por el papa Benedicto XVI.

Gerardo me avisa de que viene acompañado por cien muchachos de su colegio, cien jóvenes argentinos, nada menos, dispuestos a sumarse a la alegría y el recogimiento de una semana de fiesta y oración. Realiza Gerardo una reflexión certera en el mensaje que me ha enviado: “Teóricamente estos chicos están comenzando la vida, que les ofrece infinitas posibilidades de diversión, por lo que muchos adultos juzgarán que todavía no les ha llegado el tiempo de <<preocuparse>> por las cuestiones morales que de seguro nos va a plantear Benedicto XVI en la clausura de las Jornadas. Sin embargo, su peregrinación a Madrid desde tan lejos, que les está exigiendo un gran esfuerzo económico para costearse el vuelo y la estancia en España, me afirma en la seguridad de que, a pesar de su breve experiencia están necesitados de verdades auténticas, no perecederas ni cambiantes, esas verdades que a fuerza tienen que ser las mismas que han iluminado a tantos hombres a lo largo de la historia y que responden a las preguntas más profundas que todos deberíamos hacernos. En su intuición, tan equivocada algunas veces y tan sabia otras más, me confían que el papa, representante de Cristo en la tierra, les puede ayudar a conducir su existencia a buen puerto”.

Los tópicos siempre han acompañado a la juventud. Tópicos que los jóvenes se echan encima y tópicos con los que los adultos pretendemos enfangarles. Sin embargo, los alumnos de Gerardo han tenido la valentía de prescindir de las trivialidades en este recorrido a través del mundo y parten seguros de que se les va a revelar lo auténtico. Y sí, reconozcámoslo, parece contradictorio que sea un anciano de ochenta y cuatro años quien vaya a descorrer el telón que esconde la mayor de las sorpresas: aquella que nos dice que sólo lograremos la plenitud cuando seamos conscientes de la dignidad del hombre a través de Dios hecho hombre, como si el papa nos tendiera un espejo al que mirarnos para hallar nuestro auténtico rostro, ahí es nada para una audiencia millonaria acostumbrada a las nuevas tecnologías, los conciertos multitudinarios de rock y las consignas de un mundo agotado por un vivir plano que identifica libertad con placer. Sin embargo, mi amigo Gerardo está persuadido de que “volverán a casa completamente entusiasmados. Y eso que regresarán al país de los piquetes después de haber conocido la patria de los <<indignados>>”, es decir, que deberán atemperar las propuestas del Santo Padre con una realidad que nada tiene que ver con los cuentos de hadas y sí con crisis políticas, morales y económicas que parecen invitar a un pesimismo definitivo. ¿Cómo harán para no perder la esperanza cuando choquen con la traición de aquellos en quienes confían, con las trampas que son moneda corriente, con sus propias equivocaciones?”, se pregunta el profesor. Y sin dejarse llevar por esa pendiente de melancolía con la que muchos simplifican el carácter de los argentinos, Gerardo reacciona en la línea siguiente de su misiva: “Estoy convencido de que ellos y yo (¡de que todos los que asistamos a la JMJ!), daremos un paso bien grande con el que afianzaremos la confianza en Dios, en primer lugar, y en la capacidad de los hombres para renovarnos>>.

Qué magnífica, querido Gerardo, tu conclusión, porque además es cierta: los seres humanos escribimos nuestra biografía a base de aciertos y equivocaciones. En ocasiones abundan más las segundas que las primeras, pero basta el arrepentimiento para que cada jornada sea un día nuevo, blanco, sobre el que recomenzar a escribir nuestra historia con un guión en el que abunden “el amor, el servicio, perdonar y saber pedir perdón”, como enumeras en un golpe de inspiración.

Durante la semana en la que se va a extender la Jornada Mundial de la Juventud, se celebrarán numerosísimas actividades culturales y lúdicas que, con un lenguaje joven, ayudarán a los peregrinos a comprender la gracia de los sacramentos como herramienta para esa renovación diaria. En algunas salas de cine de la capital española, por ejemplo, se van a proyectar filmes con los que se pretende ahondar en este asunto. Uno de ellos, bajo la dirección de Roland Joffé, que ha firmado películas inolvidables como “Los gritos del silencio” o “La misión”, indaga sobre el don del perdón. Se titula “Encontrarás dragones” y se ha elaborado, en buena medida, en estudios de Argentina, por más que reproduzca uno de los momentos más amargos de la historia reciente de mi país: la Guerra Civil, que hace ahora setenta y cinco años enfrentó a hermano contra hermano y provocó una terrible persecución contra el catolicismo que ha llenado el martirologio del siglo XX.

Uno de los protagonistas de “Encontrarás Dragones” es un joven como los que acompañarán a Gerardo. En el tiempo que reproduce la película, también era un muchacho anónimo aunque con una singularidad interna: barruntaba una misión divina que no terminaba de manifestársele. Se trata de Josemaría Escrivá, quien al fin recibirá una misteriosa luz del Cielo con la que fundó el Opus Dei, “una enorme catequesis” en palabras del hoy santo, que lleva a todos los rincones de la tierra la exigencia que tenemos los hombres corrientes de alcanzar la perfección cristiana sin necesidad de cambiar de estado ni oficio.

Podría Joffé haber centrado la acción del filme en esa llamada universal a la santidad, mostrando diferentes maneras de vivir el cristianismo en un mundo secularizado, pero tras estudiar a fondo la figura de san Josemaría, entendió que el mensaje más impactante de aquel sacerdote aragonés radicaba en el perdón, esencia del cristianismo. Si de él mismo decía el cura -a veces ante muchas personas- que se “veía capaz de todos los errores y de todos los horrores”, dada su condición pecadora, jamás encontró razones que justificaran el odio hacia el prójimo, a pesar de que sufrió en sus carnes y en su honra una sucesión interminable de incomprensiones, desafectos, murmuraciones y calumnias.

Como a Escrivá, a Benedicto XVI le está correspondiendo un papado difícil. Y no me refiero al reto de superar el magnetismo de Juan Pablo II, ya que este tímido alemán no ha pretendido nunca trocar su personalidad reposada, silenciosa y observadora, tan distinta a la de aquel ciclón polaco que ya se codea con los más grandes pontífices de la historia. Hablo de los escándalos provocados por tantos pastores indignos y del dolor de sus víctimas, junto a las que ha llorado en más de una ocasión, asumiendo la culpa y solicitando el perdón como si fuese su blanca sotana la que perpetrara tan horribles abusos. Hablo del desafecto de tantos hombres que juegan a ser dioses, desoyendo los consejos sabios con los que el papa pretende que entre todos construyamos un mundo más justo. Hablo del desprecio de los pueblos hacia lo divino, muy especialmente hacia el mensaje redentor de Cristo. Hablo del aparente triunfo de la <<cultura de la muerte>> frente al milagro de la vida.

Pero Gerardo, mi buen amigo Gerardo, rompe cualquier tentación de pesimismo. Basta leer su manera de referirse a los alumnos con los que viene a España: “Hay algo en estos jóvenes que les impulsa a buscar respuestas que van más allá de cómo divertirse, de qué gustos hay que darse o de cómo les van los estudios”. Algo –todavía indefinible, añado yo- que también impulsa a otros cientos de miles de adolescentes a renunciar a las comodidades y ponerse en camino hacia el areópago de Madrid. Sin saberlo, tal vez, todos esos jóvenes se van a transformar en buena semilla que germinará cuando ya estén de vuelta en sus países de origen, lo que me hace soñar junto a Gerardo, mi amigo epistolar y argentino, que en poco tiempo veremos crecer una cosecha sobre los campos agostados de la tierra.

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