3 sept. 2011

Madrid fue, de pronto, una nueva Pentecostés. En agosto intuí el sabor de aquella jornada en la que la Iglesia puso en movimiento el reloj de la Salvación. La tormenta nos trajo el soplo de gracia que arrancó el miedo a aquellos once hombres, quemándoles con la llama de su amor inextinguible. Al igual que entonces, quienes anhelamos ser modestos apóstoles en la vida cotidiana pasábamos la vida quejándonos de las malas intenciones de los unos, del desprecio de los otros, de los dimes y diretes de los de más allá…, excusas para justificar nuestra falta de fe en el responsable de este curioso juego que se extiende por la historia, para disculpar el miedo al compromiso como aquel joven que recibió la mirada enamorada de Cristo y prefirió su vida muelle.

Las calles de la capital de España, las de tantas ciudades y pueblos invadidos por la sana alegría de una miscelánea de peregrinos, experimentaron que el cristianismo no es una cuestión de mayorías ni de imposición, sino una fe que toca cada corazón, individualmente, para crecer en el seno de una familia, parroquia, congregación, movimiento o cualquiera de esas singularidades que vienen a mostrarnos que Dios dirige su vendaval a quien quiere, cuando quiere y donde quiere.Madrid fue de pronto una turbamulta de variadísimos idiomas, en la que todos fuimos capaces de entender la voz del Papa y la de los obispos encargados de cada una de las catequesis preparatorias a la visita del Santo Padre. Y en vez de bautismos (que seguro están madurando en el interior de muchos curiosos que se acercaron a la JMJ) la multitud buscaba confesonarios, llenándose el parque del Retiro de absoluciones en un tribunal que anunciaba a los cuatro vientos la seguridad de perdonar, en nombre de Cristo, todos y cada uno de los pecados que cada penitente llevase en la alforja de la conciencia.

Y como en aquel Jerusalén conmocionado con la muerte de un Justo en el patíbulo, por las puertas que Madrid tiene abiertas al mundo partieron los peregrinos, deseosos de contar en sus lugares lo que habían vivido y contagiar la paz que regala la cercanía a Dios. De compartir, en suma, la satisfacción por haber descubierto quién tiene la última palabra en nuestro destino.

Nos queda un largo curso para profundizar en los discursos de Benedicto XVI, bellísimos de forma y riquísimos en contenido. Y para rememorar cada uno de sus gestos cómplices. Y para revivir el silencio de una adoración en la que comprendí el don universal hacia lo sacro, esa capacidad de los hombres para rendirse al amor sin condiciones de Dios.
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