9 ene. 2012

No somos primas de riesgo ni 
nos circula por el cuerpo, en
vez de sangre, déficit público.


Tampoco nuestros padres proyectaban la sombra de la crisis del petróleo, por más que aquellos años de pantalón campana se me antojen más desaboridos que los de ahora, en los que también pintan bastos. Ni siquiera nuestros abuelos merecen ser recordados únicamente por chupar la cal del hambre en esa posguerra de pan negro. No debemos dejarnos llevar por las impresiones del momento difícil: la capacidad para rehacernos de las cenizas encierra el secreto de la grandeza de nuestra especie, que se apuntala el pedestal que la sostiene al tiempo que construye uno nuevo.

Llevo años repitiendo que otro gallo nos hubiese cantado si las finanzas de España, de la misma Europa, hubiesen estado tuteladas por una madre de familia. Una madre de familia con instinto, añado, porque ahora abundan las mujeres que se han distanciado de la realidad que obliga a ser precavidos. Y claro, se amontonan las letras con las que se compraron a plazos el todoterreno, las vacaciones a destiempo o esa joyita que quitaba el sueño, total nada, que los bancos regalan el dinero, cariño, y apenas lo vamos a notar...
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