5 ene. 2012

En un mundo en el que la naturaleza cada vez nos queda más lejos, cosificada en visitas guiadas y puntos de encuentro; en el que las obras de arte se exponen como una rareza, prisioneras de museos que provocan una macedonia de colores, bostezos y texturas, la belleza sigue siendo lo único que nos salva. Belleza no como un anhelo utópico sin definición, sino como armonía, equilibrio con el que respirar y latir. Sin este esteticismo, en vez de navegar por aguas prístinas que conducen a puerto feliz, chapotearíamos entre las porquerías que vomitan los ríos después del paso de una gota fría para terminar hundiéndonos a pique, brazos y piernas enredados en cualquier basura.

La estética no es un mito, una beldad propia de aristócratas que se tapan la nariz al pasear entre el vulgo. Es una opción que exige sacrificios, sí, que desde su primera inhalación desprende ese bálsamo al que llamamos felicidad.
Hay una estética en el habla, en los gestos, en el trato que dispensamos a los demás, que a fuerza revierte en el bienestar de la familia, de la oficina, de la pandilla de amigos. Hay una estética en el vestir, en el divertirse, en el aprender. Y hay una estética en el juego, también en el de los niños, origen de esa bella salvación.

Me hiere la chabacanería de los objetos que anuncios, catálogos y expositores de grandes almacenes presentan por Navidad a nuestros hijos pequeños. No pretendo dejarme llevar por la demagogia: para el padre que busca, existen auténticos tesoros infantiles con los que, incluso, me apetece echarme al suelo y empezar a jugar. Sin embargo la vulgaridad malintencionada envenena a los niños a través de las pulsiones consumistas: muñecas que parecen lagartas de farola y esquina, zombis sexis que se presentan en el interior de un ataúd de cartón, reproducciones a escala de Justin Bieber y otras celebridades del showbussines que sólo pueden incitar a bajarles los pantalones para comprobar si los han fabricado con pito, videojuegos en los que ruedan cabezas y revientan esternones.

Ojalá Sus Majestades de Oriente no permitan que al deseo infantil lo emponzoñe la ordinarez.
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