20 abr. 2012

Las alumnas bajaban las escaleras en fila de a dos, sumidas en un reverencial silencio. En los descansillos había siempre una Madre que lo mismo llamaba la atención de alguna de las niñas para que guardase mejor las distancias o para que no se distrajera con la promesa de diversión del patio. Envueltas en aquel silencio marcial llegaban al refectorio, que olía a sopa de tapioca. Cada una ocupaba el lugar que tenía asignado y esperaba la bendición en latín antes de sentarse a la mesa. Eran dos platos -el primero siempre de cuchara- y el postre. Las monjas se paseaban para garantizar el cumplimiento de las normas de urbanidad. A la que no se limpiaba los labios antes de beber o a la que bajaba la cabeza en vez de subir el brazo con el cubierto correspondiente, la reprendían en francés. La espalda nunca apoyada en el respaldo, el pan para empujar, la mano izquierda posada junto al servicio, la servilleta sobre el regazo…, eran principios para la construcción interior de las adolescentes. Mientras comían, una alumna –según riguroso turno que marcaba el orden alfabético de los apellidos- ascendía a una suerte de púlpito, abría una vida de santos sobre un atril tallado y comenzaba a leer allí donde se había quedado detenida la compañera del día anterior. Gracias a aquel soniquete, la generación de la posguerra conoció la vida y milagros de medio santoral. En Pascua, para festejar el triunfo de Cristo sobre la muerte, las monjas permitían el cambio de las sapienciales biografías por algún disco de música culta que las niñas se encargaban de traer desde casa.

 Fue mi madre la que envolvió “El disco de la risa” en una carpeta de Mozart. Cuando se sentaron después de santiguarse, la Madre encargada de la tecnología de aquellos años cuarenta colocó la aguja sobre el surco de vinilo. Y estalló: primero una risa tímida, coreada por otras risas. Después, una risotada que hizo eco en las paredes del refectorio. Por último, un caudal de risas ingobernable. Las alumnas, las profesoras y las monjas recibieron aquella grabación con el contagio de una carcajada que aún se rememora en los anales de aquella institución. Dicen que nunca hubo almuerzo más feliz. (Publicado en Alba 20 Abril 2012)
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