13 abr. 2012

Cuánto me divertía acudir al nido de la maternidad en la que nacieron mis hijos. Allí me detenía a observar el rostro de los padres primerizos, de los tíos y de los abuelos que trataban de identificar al que era sangre de su sangre entre los mansos huéspedes de los capazos, todos tan bebés, todos tan maravillosos a pesar de la objetiva fealdad de las primeras semanas en la vida de algunos niños. Yo también, por supuesto, era buscador de hermosura a través del cristal y el corazón se me derretía mientras paseaba la mirada de cuna en cuna hasta llegar a mi hijo (al que distinguía por un cartel con su nombre), ante el que me embelesaba convencido de que no existía recién nacido más guapo ni más tierno, sentimiento de posesión desbocada que volvió a manifestarse en los primeros días de guardería y, un poco más tarde, al comienzo del colegio, a pesar de que costaba identificarlos entre tanto pequeño uniformado. En el mimetismo escolar no había otro niño como mi hijo, como nuestro hijo, como nuestra hija…, que concentraban toda la pureza de la infancia en la sencillez de su mirada azul. Pero la vida pasa tan deprisa que, apenas en un pestañeo, estrenan preadolescencia, esa etapa en la que el físico traiciona al espíritu de los chavales de doce a catorce años: aunque su fachada siga requiriéndonos para llenarlos de besos, el interior ya no esconde al bebé sonrosado. Se zafan de nuestros mimos y exigen -con palabras, gestos y silencios- su propio espacio vital. La preadolescencia es un aperitivo frente a la etapa más extraña de la vida. En niños y niñas brota la conciencia de la individualidad, el deseo de sentirse mayores al tiempo que no se atreven a dar un paso sin la aquiescencia de la tribu, que para ellos no es precisamente la familia sino un conglomerado de amigos, compañeros y conocidos que coartan muchas de sus decisiones e imponen un modo de hablar, de vestir, de divertirse y hasta de pensar que los padres no entendemos.

 Hasta antes de ayer, cuando volvía del trabajo me esperaba una aclamación familiar, como si mi regreso fuera el del héroe. Hoy, cuando giro la llave sólo mis perros y mi hija de dos años me celebran con espasmos de alegría. El resto alza la barbilla en un gesto perezoso, como si acabaran de toparse conmigo. Les empiezo a parecer viejo, reniegan de mis chistes y me piden que al llevarles en coche el fin de semana, les deje a unos metros de distancia de la pandilla para que no tengan que avergonzarse de mis comentarios pretendidamente juiciosos, pretendidamente jocosos. Convivir con un preadolescente puede resultar más extraño que pasar el rato con E.T. Le preguntas qué tal está y te responde con un mugido que lo mismo quiere decir “muy bien” que “muy mal”. Y cuando deseas que participe en la tertulia familiar, busca el cobijo de su habitación para aporrear la guitarra que le trajeron los Reyes. El preadolescente tiene la cualidad de caminar por la casa como si fuese un fantasma, así como de apropiarse de todos los aparatos electrónicos. Se acabó “la música carroza de los jefes”, las “pelis aburridas de los viejos”, y la vivienda se convierte en un insoportable golpe de mil y un ritmos a la vez. Los padres tenemos que aprender a negociar aquellas cosas que no son importantes (el peinado, la vestimenta, el habitual desaliño) al tiempo que exigimos el cumplimiento de esas otras que facilitan la convivencia (algunos encargos domésticos, una nota habitual de alegría y el espíritu de esfuerzo y superación). Aunque deseemos que el tiempo se detenga, ha llegado el momento de caer en la cuenta de que nuestros hijos son un mundo único y aparte, distinto al nuestro por más que nos gustara seguir viéndoles pisar nuestra huella, como cuando eran niños. Sus manos han encontrado el tesoro de la vida, que no es otro sino la libertad. Por eso se me antoja tan necesario respirar un par de veces antes de dejarnos llevar por la impaciencia, así como buscar momentos únicos y especiales para hablar de tú a tú, con intimidad, para provocar que en la conversación se deslicen -aunque sea muy poco a poco- las dudas, las preguntas, las inseguridades de quien, aunque a ratos deje de verlo, sabe que en su padre sólo habita un cariño desinteresado. (Publicado en Telva, Abril 2012)
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