13 abr. 2012

Estoy convencido de que los programas de radio colocan un filtro –una amable señorita, un caballero con buenas maneras y voz neutral- antes de pasar una sola llamada del público a ese directo que algunos llaman “el espacio del oyente”. Si no, no se explica el habitual preludio a modo de <<antes que nada, deseo felicitarte por tu programa>> -o “pograma”, que es la manera incorrecta pero cercana de comerle la oreja al director y asegurarse unos minutitos de gloria sin interrupciones- con el que suelen saludar la mayoría de los llamantes. ¿Acaso alguno de ustedes se ha topado con un oyente que proteste por el sesgo del espacio o de la cadena en cuestión?

Pues a pesar de esta piadosa mentira con la que se evalúa el pulso de la calle, reconozco que son estas versiones “amateur” del periodismo las que me divierten si algún día me detengo ante un transistor de radio. Hay espectadores -auténticos profesionales del “ya estoy en antena”- que, al dirigirse al locutor, suman un “corazón”, un “cariño mío”, un “mi vida” que es más propio del arrullo entre dos palomas que de un ciudadano hecho y derecho que pretende utilizar las ventanas abiertas que ofrecen los micrófonos, como si España estuviese poblada de pelotas dispuestos a acariciarle el lomo a quien ejerce la autoridad (les aseguro que conducir un programa de radio es todo un ejercicio de autoridad) para de inmediato dar inicio a las reclamaciones: yo no tengo, a mí me quitan, yo ya doy… Los espacios radiofónicos que conceden turno a los radioyentes, parecen cuevas en las que –en vez de champiñones- sobreabundan los plañideros, industria en la que nuestro país es líder sólo superado (y no las tengo todas conmigo) por los eternos llorones argentinos.

Echo en falta ciudadanos prestos a remangarse, no sólo dispuestos a lamentarse del mal aspecto del cielo sino a ofrecer soluciones para este naufragio colectivo. La individualidad egoísta es otra de las debilidades de nuestro Estado del Bienestar. En vez de españoles responsables ha provocado una reclamación constante y nauseabunda, la del que sólo espera dádivas y regalos, derechos adquiridos y beneficencias.
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