4 may. 2012

Soy receloso ante los panegíricos, esas piezas laudatorias en las que es fácil adivinar un doble interés. Incluso cuando me invitan a hablar en público y alguien se toma la molestia de cantar mis pretendidas virtudes personales y literarias, me siento incómodo, pues más que un personaje grandilocuente que vive componiendo titulares, soy un hombre del montón que, además, escribe.

Es necesario reconocer que el nuestro no ha sido un pueblo dado a las alabanzas. Hagan la prueba: escóndanse detrás de una columna en ese cubículo de las oficinas al que llamamos “la máquina del café”, y escuchen a sus compañeros decir lindezas incluso de usted mismo. Puede que en tanto acíbar resida el poder ulcerante de esos brebajes que cuestan cincuenta céntimos de euro.

Tal vez la razón de las alabanzas post-mortem se deba al daño moral que nos hace participar en tantas calumnias y difamaciones. Nos hacemos a la idea que nuestros panegíricos darán consuelo a la viuda y despertarán el orgullo de los hijos, cuando ya es tarde para restituir un honor que –por otra parte- al finado no le hace ninguna falta.
Por eso aplaudo las recomendaciones del arzobispo de Pamplona, quien se ha dirigido por carta a sus fieles para ponerles sobre alerta ante las desviaciones que solemos practicar en las exequias, abusos fácilmente reconocibles en muchos de los funerales a los que asistimos, en los que en vez de rogar por el alma del difunto nos dedicamos a las alabanzas, como si aquello fuera una misa de gloria dedicada a un santo.

Es verdad de fe la existencia del Purgatorio, ese estado del alma previo a la gloria y destinado a la purificación de nuestro amor imperfecto. Si no hemos conocido a nadie que se pasara la vida levitando, a qué afirmar que ha llegado al Cielo. Quien más, quién menos tenía arena en los zapatos, piedras en los bolsillos, plomos atados al cinturón. Aprovechemos que nosotros sí les podemos ganar méritos y aplicar indulgencias.
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