4 may. 2012

Descubrí al viejo Kirk Douglas en la explanada del santuario de Lourdes. Caminaba a largos trancos bajo la sombra de unos plataneros, la mano apoyada en uno de los hombros de su esposa. Parecía feliz por pasar casi desapercibido, ya que nadie le asaltaba en busca de un autógrafo, de una fotografía. Era Espartaco, más añoso pero con aquellos rasgos inolvidables (el rostro cuadriforme, el hoyuelo en mitad de la barbilla, la melena sedosa y blanca). Era Vincent Van Gogh, más allá de su suicidio. Era el héroe de tantas sobremesas, el intérprete mítico que mi padre nombraba como si se tratara de un viejo amigo, alguien muy querido y a la vez lejano, perdido entre las brumas de la juventud. Y estaba en Lourdes, aquel diminuto enclave en el Pirineo francés que la madre de Cristo escogió para proclamar al mundo su concepción inmaculada o -lo que es lo mismo- que su vientre fue santo entre todo lo santo, concepto que los hijos de Abraham conocen bien.

Douglas volvió la mirada hacia la fe de sus padres después de que uno de sus hijos se interesara por los orígenes de la familia. ¿Quiénes fueron los abuelos? ¿Cuáles las raíces de aquel apellido hebreo (Danielovitz) que denota un origen ruso? Kirk apenas logró ofrecerle unos detalles vagos. Durante su camino a la fama había prescindido de sus ancestros, que habían soñado para él otro futuro, el de rabino, cabeza de los de su raza. Pero el cine se cruzó de por medio. 
Durante aquel viaje a su árbol genealógico, Kirk Douglas cayó en la cuenta de que la fuerza de su linaje era mil veces superior a su carrera de actor. No en vano, compartía sangre y destino con el primer patriarca, con Moisés, David y Sara. Y con María, hebrea humilde que pasó casi desapercibida entre los de su tiempo, que nunca renegó de su religión y fue madre de un Dios que quiso nacer y morir judío. Puede, entonces, que su peregrinar a Lourdes fuese otro modo de volver a casa. 

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