28 sept. 2013


Me he rendido a la evidencia: las nuevas tecnologías llegaron a mis manos torpes cuando ya había finalizado mi paso por la Universidad. Es cierto que mis compañeros de clase presentaban trabajos elaborados en un procesador de textos, pero por entonces yo me había acostumbrado a una vieja máquina de escribir de la que brotó mi primera novela, también la segunda, un cacharro demasiado importante como para darle largas a cambio de esos monstruos que ocupaban la casi totalidad de las mesas de estudio. 
Como llegué tarde, no fui capaz de asimilar las zancadas de gigante con las que avanzaba el mundo contenido en un disco duro, en un disco externo, en un diskette y en tantos elementos envueltos en plástico que comenzaban a tragarse nuestra vida para comprimirla en dígitos, según explicaban las viejas lumbreras recicladas al inevitable progreso. 



He ahí el motivo de mi dispersión informática, de mi desinterés por cada uno de los avances, por los programas y aplicaciones que medio mundo considera que facilitan la vida y el otro medio (puede que seamos menos) que nos dispersan, por atomizar nuestro pensamiento y voluntad en cientos de guiños que no aportan nada más que una constante pérdida de tiempo, una creciente caída por la espiral del uno mismo con su mecanismo, una angustiosa ansiedad por que los demás aprecien que somos dueños del último y más caro invento ideado en el Napa Valley manufacturado en Taiwán. 
Nuestros hijos son las primeras víctimas de esta industria que en veinte años ha tomado la velocidad de un cohete espacial. Lo saben todo de maquinitas y sus posibilidades, de modelos que están a punto de cambiar el rumbo de las relaciones personales, de juegos digitales que exigen la presencia de un único y sempiterno jugador, de youtubes atronadores de música, deportes y bromas de mal gusto. 
A los míos procuramos mantenerlos a cierta distancia, pero no lo conseguimos, al menos no con la rigidez que a mí me gustaría ni con el tira y afloja que es propio de mi mujer, mucho más equilibrada que este pequeño escritor. Al mayor, después de varios años señalado en el entorno de su clase y de su pandilla por no tener un teléfono móvil de última generación, le regalamos el susodicho electrodoméstico el día de su catorce cumpleaños. Nunca antes había visto en su rostro mayor expresión de felicidad. Era un teléfono mejor que el mío y que el de su madre, un cartucho con el que parecía posible hasta viajar al espacio sideral. No sólo reconocía sus pupilas como contraseña de apertura sino que era ventana abierta para el teatro infinito de internet, con todo lo bueno y todo lo malo que supone semejante escenario. Pero hay más: medía las pulsaciones, los pasos, el recorrido de la luna y el de las mareas, mandaba mensajes sin coste (lo siento, no me apetece escribir semejante palabro) y voceaba las canciones preferidas de nuestro queridísimo preadolescente. 
Salió a la calle con él, feliz de acompañar sus paseos con los guitarreos de sus grupos favoritos. Y, claro, sucedió lo que tenía que pasar: un quinqui le avistó al cruzar el parque, comenzó a seguirle sin que mi hijo pudiera sospechar de sus aviesas intenciones (qué maravillosa es la inocencia de quien no ha soltado del todo la mano a la infancia) y aprovechó un callejón solitario para arrancarle el preciado regalo de las manos y echar a correr. 
Santiago nos lo narró haciendo esfuerzos por contener su tristeza. Ha sido la primera vez que se enfrenta cara a cara con la torcedura de nuestra condición humana. En sus ojos azules brillaba una lágrima que luchaba por no derramarse carrillo abajo. Sabía que no hay otra oportunidad, que no tenemos más puntos para solicitar a la compañía otro terminal (palabro, palabro…), que durante un tiempo largo se acabó esa cucharada de miel que apenas ha gustado. Ni pupilas, ni internet, ni pulsaciones, ni pasos, ni juegos, ni redes sociales ni mensajes gratuitos. De nuevo, pasa al plantel de los chicos incomunicados frente a sus compañeros que presumen de utilizar un aparatito que cuesta lo que la Administración señala como salario mínimo interprofesional. Hay que ver qué padres más locos. Hay que ver qué adolescentes más mal educados. Una lección para mi hijo: para que sea más dueño de sí, más libre y, a la postre, más feliz. 
Pero Santiago no es un calco de su padre; ni se ha rendido a las nuevas tecnologías ni está dispuesto a dejar pasar este tren. No en vano, recurro a él cada vez que me encuentro en el callejón sin salida de mi cortedad informática, y lo que yo creía problema insoluble el tío lo resuelve con un pestañeo. Por eso ya tiene una tarjeta duplicada (no me pregunten en qué consiste), ha liberado un viejo móvil que le ha regalado una de sus tías y vuelve a reunirse con los suyos con la tranquilidad de no haberse quedado colgado.



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