20 sept. 2013


Todos los días me desayuno con el “kit” de Teinteresa.es. No creo que exista mejor manera de comenzar el día. Trae las noticias que recogen otros periódicos, es cierto, pero sospecho que por voluntad de su director, de sus redactores, le da una vuelta de tuerca a la realidad para mostrárnosla desde una distancia que da lugar a matices más amables, aunque sus responsables  no puedan, ni deban ni quieran cerrar sus titulares a toda esa colección de horrores políticos, financieros, internacionales, criminales y hasta deportivos, capaces de agriar el azúcar del café y hasta el croissant, ese bollito francés que nos pone los cuernos a las luces del alba. 
Advierto: no les invito a la lectura de un artículo meloso, que se les pegue a los dedos como el pringue que lustra la bollería industrial, pues no es mi intención almibarar ni siquiera a quienes se roban horas a un justo sueño para que las noticias nos lleguen calentitas, sin acritud y con las puertas abiertas a otros aconteceres que encienden una sana curiosidad, una sonrisa benevolente y nos conmueven. 
La nuez de estas líneas no es otra que el corazón de aquellos hombres y mujeres que con frecuencia aparecen retratados, sin que tuviesen una intención previa y maniquea, en la portada de Teinteresa.es. Deberíamos sacar la tijera a la hora del desayuno, pues no existe amanecer sin un recorte para el álbum de lo que merece la pena ser recordado. 



Como las generalidades distorsionan la realidad y nos dejan con hambre de suculencias, les hago un viaje cortito, hasta el pasado miércoles, cuando saltó a nuestras pantallas el nombre de Manuel Reija, de profesión lotero, un ciudadano que no siente vergüenza por creer en el valor de la conciencia. Su experiencia atestigua que en nuestro interior tenemos un colador que tamiza lo que debemos o no debemos hacer ante cada circunstancia, muy especialmente cuando el destino nos enfrenta a la disyuntiva de ser honrados o de engolfarnos con lo que  ni nos pertenece ni nos corresponde. 
Hace dos años Manuel Reija descubrió que alguien había olvidado un billete de la Primitiva sobre la repisa de su administración, junto a otros resguardos convertidos en pelotillas de diminutos fracasos después de que los clientes los cotejaran con las series premiadas. 
Por profesionalidad y curiosidad, Manuel decidió pasarlo por la maquinita. Lo de menos -lo de más- es el premio de cinco millones de euros que le corresponde al titular anónimo del billetito. Lo de más –lo de menos- es la honradez de Manuel Reija, que después de sentir el arañazo de la codicia (aunque no lo hayas contado, amigo, todos estamos hechos del mismo barro) llamó a las autoridades de la Delegación de Apuestas del Estado para ponerles al corriente. 
Ya no se trata de que a una niña se le haya perdido un gatito y por esos sus papás empapelen troncos y farolas con la dulce fotografía del minino, sino de que un tipo de una pieza no tiene empacho al anunciar que busca al ganador de una inmensa fortuna, por más que si se hubiese callado la boca le bastaría esperar al próximo mes de junio para hacer de la suerte de otro su propia bonanza. 
Manuel Reija es un lotero honrado, un ciudadano de pro, un ejemplo que contar a nuestros hijos antes de que se vayan a dormir, el justo destinatario para la placa de una calle (qué ridiculez, ayer fui a caer en un callejón que se llama “Islas Bikini”; ¿es que acaso no tiene Manuel Reija mayor derecho de recibir homenaje público que un atolón en el que no se nos ha perdido nada?), de un monumento con estatua de bronce junto al de aquellos próceres de quienes nadie sabe nada, casi todos con bigotes decimonónicos y gesto de francmasonería, casi todos con cagadas de paloma en los hombros. 
España no empieza en Bárcenas ni en los sinvergüenzas de los ERE andaluces. España no acaba en las facturas de los sindicatos del puño cerrado y el langostino de Sanlúcar. España no es una continuidad de trinqueros encorbatados de Hermés. España es el país de Manuel Reija, el de esa amiga mía que vacía su cartera cada vez que alguien necesitado llama a su puerta, el de la madre que se sirve la parte menos apetecible del pollo (¡maravilloso lugar común!), el de ese hombre, el de esa mujer que en vez de responder desabridamente ofrecen una sonrisa a quien no la merece, como muchas de las noticias de Teinteresa.es, mi periódico.



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