16 abr. 2011

JMJ

Al amanecer, empapado por el rocío y por el lodo en el que se había convertido el Monte del Gozo, tuve la sensación de despertar en la montaña bíblica del Sermón. A cientos de metros desde mi posición se divisaba el escenario en el que Juan Pablo II había celebrado la vigilia con más de quinientos mil jóvenes llegados desde todas las encrucijadas del mundo hasta ese final de la tierra.

El acto festivo de aquel ocaso de agosto había resultado regular -lastrábamos los modos de unos ochenta bastante horteras-, que no el discurso del Papa, que tan bien se sentía con esa pléyade de jóvenes a los que lanzaba tantos guiños y ante los que se quejaba de que “coreáis al mensajero pero no os decidís a compartir el mensaje”. Ninguno de los asistentes sospechábamos que aquella sería la última Jornada Mundial de la Juventud vetada a nuestros colegas del Telón de Acero, ya que el Muro estaba pronto a caer gracias a la determinación de aquel místico polaco.Cuando llegó el “papamovil” desde el palacio arzobispal sito en la plaza del Obradoiro, el Monte desde el que tantos peregrinos a lo largo de casi ochocientos años habían contemplado el campanario que señala la tumba del Apóstol, continuaba abrigado por la sombra, por más que en el escenario sobre el que se iba a celebrar la misa que clausuraba aquellas Jornadas calentaran los rayos del sol gallego. Con aquel sol improvisó el Papa un saludo antes de revestirse: identificó al astro con el amor del Padre, único capaz de caldear los corazones, único que nos aguarda después de las penumbras de la noche.

Tienen las Jornadas Mundiales de la Juventud la mezcla invisible de un Pentecostés y de aquel Sermón en el que Cristo mostró por primera vez a los hombres el rostro misericordioso de Dios. La misericordia, porque en el siglo XXI es término que sigue sonando a nuevo y urge que alcance el corazón de quienes manejarán en breve el hilo de la historia. El soplo, porque de las reuniones multitudinarias de los jóvenes alrededor del Vicario de Cristo han surgido buena parte de las vocaciones sacerdotales y religiosas que hoy vigorizan la Iglesia tras muchos achaques. Dicen que en los seminarios de Madrid -que de nuevo lucen aulas llenas-, la mitad de los candidatos se decidieron a la aventura divina después de acompañar al Papa en alguno de esos macrofestivales de la fe, dato nada desdeñable si consideramos que Madrid se convertirá, en apenas unos meses, en un nuevo Damasco.
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