28 nov. 2014

De niño me fascinaban las tiendas de ultramarinos. En mi barrio había varias. Una la despachaban dos hermanos blancuzcos como su mostrador de alabastro, que exhalaban un ácido aroma a cuajo. Había un tercero, retrasado mental, que pasaba las tardes junto al cajón de los yogures, sentado en una banqueta (blanca también). La única decoración de la tienda era el cromo enmarcado de una vaca, según la estética y las tintas de la posguerra, así como la disposición del laterío de salsas de tomate y guisantes en conserva, colocado sobre unas estanterías sin ningún sentido del orden ni de la proporción.
Otro ultramarino hacía esquina y presumía de dos larguísimos escaparates que en verano protegían con elegantes toldos color verde inglés. El mostrador era de madera noble labrada por un buen ebanista, y decían ser expertos en lomos de bacalao, una especialidad llamativa cuando los propietarios no hacían sino comprarlo a un mayorista, supongo. Pero además del pescado amojamado, de las vigas del techo colgaba algún jamón ceñido por una rejilla y en una alacena lucía una colección de confitura de importación. Pienso en aquella tienda y me viene un olor como al moho que envuelve una pieza de delicioso salchichón catalán.
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Pero los ultramarinos que más me gustaban no estaban en la ciudad sino en dos pueblos en los que pasé algunos veranos. El del señor Rufino me evocaba el vagón de un tren. Lo mismo expendía boletos de Lotería que alcayatas. Y olía a alcanfor, una extraña fragancia pegajosa que -durante tiempo- pensé venía de los platillos de veneno espolvoreados de moscas muertas. El tal Rufino, viejo y enteco, no se quitaba un mandil azulón, que era su uniforme de campaña, y lo mismo contaba de seis en seis los clavos sueltos que extendía ante sus clientas unas bragas del tamaño de una plaza de toros. Era antipático y quisquilloso, capaz de contar el dinero tres veces: cuando le pagabas, cuando lo distribuía por los cajetines de la caja registradora y cuando, en la trastienda, hacía sus montoncitos de riqueza.
El de Chiqui se encontraba más al Norte, en la plaza de un pueblito maravilloso cuyas casas estaban diseminadas por un valle con la elegancia de las fichas que el crupier acaba de lanzar sobre un tapete. Era un colmado oscuro, carcomido de humedad, con suelo de cemento prensado. Sus repisas parecían anunciar que el ultramarino estaba muriéndose al ritmo de su propietaria: cada semana tenían menos género. Antes de echar el cerrojo para siempre, apenas quedaba un expositor de casetes de música popular, a las que el sol había comido el color de sus cubiertas, dos palanganas, un almanaque veinte años atrasado del Sagrado Corazón, unas cuantas cajas de fósforos y la bandeja en la que el gato hacía sus últimos pises.
Las tiendas de ultramarinos han desaparecido antes de que alguna autoridad las declarara bien de interés inmarcesible o destino con el que completar la oferta del turismo olímpico por Madrid, ya saben, el del relaxing cup of café con leche. Una pena, ya que sus añosos locales son hoy de los chinos sin nombre, que han quitado el bacalao y la quincallería, el aroma del cuajo, el moho, el alcanfor y la humedad, para coparlo con sus ofertas radiactivas, sus chucherías de tuétano de dragón y ese hedor ahogante del plástico con el que parecen estar hechos hasta los macarrones cuyos códigos de barras teclean junto a la salida.
Y sin ultramarinos, sin tiendas que de una bofetada te empujen por la espiral del pasado (me conmociona haber trasteado por los mismos locales en los que mis padres, mis abuelos y hasta mis bisabuelos compraban bovinas de hilo, abridores de botellas y rosquillas del santo), se entiende que los grandes comerciantes abran las puertas a otro modo de entender el negocio, ese Black Friday, por ejemplo, con el que se quiere alentar a la venta masiva, o la campaña de Navidad que pronto comenzará en agosto, borrados ya los signos religiosos. Las masas entran y salen de El Corte Inglés sin la conciencia de cuál es el imán que les obliga a abrir y cerrar la cartera, a pasar y volver a pasar la tarjeta de crédito.
Yo lo entiendo: en los ultramarinos se fiaba. Y cuando al final de mes se cerraba la cuenta, había que pagar al contado, billete a billete, moneda a moneda, que ninguna de aquellas tiendas disponía de TPV, ni de Black Fridays ni de otra Navidad que no fuera la del belén de figuras rotas y desproporcionadas con las que alegraban por unos días el ventanuco del escaparate. Los pies descascarillados bajo la sempiterna culebrilla de espumillón, los botes de alcachofas a modo de fortaleza de Herodes.
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