21 dic. 2014

Las Navidades, así en plural, son un tubo de la risa, una vorágine que comienza con la cena de la empresa y finaliza con el roscón de Reyes, los azúcares, el colesterol y el cinturón abdominal subidos a la parra, y la cabeza echa un lío con lo que nos han regalado y lo que hemos regalado. Y me gustan, claro, pues hay razones que merecen excesos. Excesos que también deberían ser de vuelta, el do ut des que dicen los que no se olvidan del origen de nuestra lengua.
En estas calendas en las que todos tenemos una ventana abierta al mundo –hasta las antípodas forman parte de nuestro patio de vecindad-, la conciencia protesta si le damos la espalda a las necesidades de quienes están tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Aquellos cuyos gritos de dolor, cuya soledad nos llegan por email.


A mí me ha escrito Ayuda a la Iglesia Necesitada, una institución de derecho pontificio, lo que suena muy fiable. Les conozco desde hace años. De hecho, colaboro con sus proyectos, tal vez porque haber nacido en esta vieja piel de toro me hace sentir cristiano viejo y asumir ciertas responsabilidades.
Esta Navidad AIN se ha propuesto acompañar a los cristianos perseguidos de Irak, obligados a abandonar, después de dos mil años, los escenarios bíblicos a causa de la amenaza del Estado Islámico, que en tantas ocasiones a lo largo de este 2014 se ha convertido en espantosa realidad.  

Ojalá que a nuestros excesos navideños también sumemos una vela –un donativo- que lleve a los campos de refugiados el asombro de la Nochebuena.
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