29 mar. 2015

A falta de ducado –¡cómo le gustaría ese barniz aristocrático al republicano que ha gastado las suelas de sus mocasines en las alfombras de las altas dependencias del Estado!–, publica libros a euro la palabra, novelitas de café a las que da aire de dietario con la ampulosidad de quien se sabe centro de todos los corrillos. Nada le gusta tanto como moverse entre las bandejas del canapé oficial, entre encomiendas civiles y frufrú de sotanas (siempre una velita a Dios y otra a quien decide la suerte de imprescindibles como él), como si el Toledo y el Madrid del siglo XXI fuesen Vetustas en las que los confesionarios estuvieran en sus despachos, de los que emanaban suspiros con sonido de jota, pellizcos de monja a la sonoridad del abecedario.
Tiene Bono el perfil de un masón de provincias con buenos contactos en la capital, el de un lenguaraz nada fiel a los secretos del Estado, de los que hace el corazón escandaloso de sus meriendas (las damas se ocultan medio rostro con el abanico, que pliegan y despliegan como si fuera el aleteo de una grulla). Muerde el duque del Ejque la mitad de un bombón y alza sus pobladas cejas teñidas de linaza mientras mariposean sus pestañas. Sí, tal como acaban de oír de sus bien informados labios, la boda de los príncipes de Asturias costó nada más y nada menos que trece millones de euros... Tal vez la duquesa de Tous –aupada al negocio de las letras– se le desmaye en el regazo. Es el riesgo de compartir un té con pastas con uno de los corazones negros del sistema.
La etapa ministerial de Bono estuvo acompañada por un cuadernito en el que escribía a escondidas lo que le decían unos, lo que escuchaba en boca de otros. Todo, medias verdades. Todo, verdades a medias, a tono con el milagro capilar que revolucionó la tribuna del Congreso, ese flequillo surgido de la nada, ola bruna sobre su cráneo manchego.
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