5 abr. 2015

En un pueblo cualquiera durante la Semana Santa del decimoquinto año del siglo XXI. En una calle estrecha, repleta de gente fija en el portón de una iglesia. Algunas personas misteriosas, cubiertas por el capillo de su hermandad, entran sigilosas y apresuradas por una puerta adyacente al templo. Hay una banda, más de ciento cincuenta componentes, todos elegantemente vestidos. Hay instrumentos de viento, metales y varias filas de percusionistas. El aire tiene una extraña mezcla de aromas, a fritura de harina e incienso, que sube al cielo a través de las terrazas embellecidas con reposteros de sangre; que baja desde el cielo en el aleteo de las palomas y los ángulos que dibujan los primeros vencejos llegados de África.
A las seis se abren de par en par las puertas de la iglesia. Todo el mundo pide silencio, que se aligere la bulla, que se aparte el vendedor de globos, pipas y trompetitas de juguete. Entre las sombras marmóreas aparece una pareja de guardias civiles, de gala. Tras ella, tres hombres con golas y capas litúrgicas portan dos varales y un precioso crucificado. Un enjambre de monaguillos balancea los turíbulos, que velan la arcada con una niebla perfumada de resina. Enseguida se entrevé el volumen del paso, cuyo pan de oro reverbera a la luz de los cirios. Debajo del faldón reptan los pies esforzados de los costaleros, que avanzan con una fuerza delicada y ciega, según las órdenes del capataz que, desde el umbral, mide el vano para que la imagen empiece a procesionar. Preso de un entusiasmo enamorado, después de golpear el paso con el llamador, grita: «¡Arriba con la Madre de Dios!». Y me pregunto, ¿de dónde le viene tan honda teología a un hombre de pueblo? España, a pesar de los pesares, sigue siendo un país católico.
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