12 jun. 2015

Madrid, como todas las grandes ciudades del mundo, tiene barrios y barrios… Si en unos brilla la opulencia de las tiendas de firma, de las fachadas dibujadas por arquitectos reconocidos, de los monumentos y los jardines como piezas ornamentales que hacen más agradable el paseo, en otros la belleza es matizada. Lo más curioso –algo parecido ha sucedido en Londres, Roma o París- es que es en esos segundos barrios, antaño populares (destinados a gente de medio pelo, como decían los clasistas), con viviendas sin ascensor, pisos pequeños, muchos de ellos con ventanas a un patio por el que apenas se cuela la luz, con aceras en las que no caben dos personas que se cruzan, en esos barrios, digo, se ha asentado la población más cosmopolita de la urbe, jóvenes que han llegado de aquí y de allá, sin otro compromiso que disfrutar de los placeres que ofrece una capital europea, el buen tiempo y la animación nocturna.

Los garitos, restaurantes y cafeterías se multiplican por sus callejuelas, plazas y costanillas. También las tiendas especializadas en el soltero urbanita, libre de cargas y dispuesto a gastarse todo lo que ingresa. Hay escaparates con ropa estrafalaria, tiendas de decoración prohibitivas para el bolsillo de un padre de familia como el menda y otros locales a los que prefiero no poner nombre, pues estos barrios también se han convertido en un reclamo para aquellos que desean mantener relaciones pasajeras de todo tipo y condición.

Cuando llega la fiesta del Orgullo Gay, en las barriadas que acabo de describir los balcones se festonean con banderas multicolores y los jóvenes parecen divertirse con los más estrambóticos disfraces. En los garitos, restaurantes y cafeterías, las tiendas especializadas, los escaparates y en esos locales de dudosa reputación no cabe un alfiler. La gente baila por la calle, se bebe en todas las esquinas y la música atronadora violenta el sueño de los ancianos que aún se resisten a abandonar el que siempre ha sido su hogar.

En el precioso empeño de no abandonar las periferias del ser humano, por las calles del barrio en el que la vida aparenta tanta felicidad también hay una actividad silente: las parroquias que se habían quedado casi sin público, las viejas iglesias y las humildes capillas tienen desde hace un tiempo sus puertas abiertas (algunas durante las veinticuatro horas) para quienes, entre el barullo, sientan la necesidad de colmar su espíritu. Hay arcadas apenas perceptibles que también se han convertido en escaparate, un escaparate distinto: una custodia para que, desde la calle, sea más fácil la adoración a Jesús Sacramentado.


No hace mucho me acerqué a una de esas viejas iglesias. Me encontré con un voluntario junto al nártex, dispuesto a atender a cualquiera que se deje caer por allí, de noche y de día. Junto a otras personas con las que hace turnos, ofrece información, enseña a rezar, facilita el encuentro sacramental con un sacerdote o, simplemente, escucha. Y acompaña. Y encomienda. Y sonríe.
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