14 sept. 2015

En un lugar sin nombre de los Andes, allí donde el idioma pierde su cualidad de unión, un niño quichua que apenas levantaba unos palmos del suelo, tímido y con los pómulos cortados por el viento de las cumbres, se sorprendió al conocer mi identidad española, que no vinculó con nuestro glorioso pasado sino con aquella Barcelona en la que se habían celebrado los Juegos Olímpicos. Me sucedió lo mismo en la amazonia y en las Filipinas, también con gente humilde que hacía de la capital catalana metonimia de nuestro país, edén de una universalidad que se festejaba con medallas en tres nobles metales.
Hace tiempo que el lugar del informe Cobi lo ocupa el equipo de fútbol de la Ciudad Condal, cielo en la tierra para millones de hombres que identifican sus colores -azul y grana- con la gloria. Messi, para ellos  ya no es Messi sino un superhéroe de la Marvel que, con solo rozarlo, transforma el balón en una bola de fuego.


Históricas jugadas –vistas por televisión o imaginadas- se narran una y otra vez en los campamentos de refugiados, como si el fútbol catalán fuera bálsamo para los corazones asustados que necesitan olvidar el odio que les persigue. En el vaivén de las barcazas, niños, jóvenes y mayores discuten sobre si Neymar es mejor que el astro argentino, convencidos de que el deporte rey convierte a España –sostenida por el Barsa y por el Real Madrid- en un Valhalla.  
<<¡Qué distintas hubiesen sido las cosas, de haber podido disfrutar de un campeonato de Liga de semejante categoría!>>, suspira un sirio ante el reflejo de la luna sobre el Mediterráneo. <<¡Ay, si en vez de un sátrapa nos hubiese gobernado un “balón de oro”!>>, piensa un libio que ha magnificado las capacidades de su delantero centro preferido.
Me daría vergüenza tener que quitarles la última venda de ensoñación con la que cubren sus ojos, para explicarles que los políticos catalanes –sátrapas en el abuso de los sentimientos ciudadanos- han logrado que el mítico equipo sea una causa más de división en la pseudoideología del independentismo. Me llenaría de rubor descubrirles que Cataluña es hoy metonimia del desprecio a causa del origen, el lugar de nacimiento y la lengua empleada por sus ciudadanos. Me avergonzaría tener que informarles, a ellos que son víctimas del orgullo envilecido de quienes se creen superiores.






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