9 sept. 2015

Aventuraban que la prensa sería el areópago del hombre urbano, forma administrativa de llamar a cualquier persona nacida después de 1960. Pero la prensa, para ser un auténtico tribunal, estaría obligada a profundizar en las noticias, algo que nuestro tempo no le concede porque lo queremos todo para ahora mismo, sin importarnos que los papeles –ahora la pantalla del móvil- traigan la verdad, la verdad a medias o una inmensa mentira.
Los noticieros hablan estos días de la leche. ¿Sabemos cuánto cuesta producir un litro de leche? <<Ni nos importa>>, pensará cualquier lector que no tenga cerca una vaquería con sus ración de moscas, espejismo en el paisaje de cemento donde las vacas se venden en tetrabrick. Este modo de observar la naturaleza y sus productos (cada cual en su cajita correspondiente, uperisado, pasteurizadao, esterilizado, hervido, cristalizado…) ayuda a ignorarlo todo acerca de la teta y la frisona, que es la raza vacuna con la que nos pintan el café de la mañana.


La leche tiene sus cuotas, al igual que el cereal, los productos de huerta, del textil y la fruta. Europa todo lo sopesa, todo lo mide a cambio de la subvención. Porque la libertad -¡ay, tontunos!- nos la entregan parcelada, con un crotal clavado en la oreja y un formulario, pues sin el correspondiente formulario no hay libertad, como sin cuota no hay leche.
Mis vecinos tienen una explotación agraria. Marido y mujer, veinticuatro horas pendientes del ganado, trescientos sesenta y cinco días encadenados al pesebre, al ir y venir de la hierba y el pienso, al mover piscinas de boñiga, invirtiendo lo poco que les deja el negocio en mejoras exigidas por Europa. Europa, siempre Europa, un mercado único para un mundo mucho más grande, en el que no todos los niños pueden pintarse un bigote de nata. De hecho, la uperisación y demás tratamientos han acabado con la nata, pecado para el hombre urbano. También le han dado la puntilla a la leche, y a la paciencia de los ganaderos, y a la mirada bonancible de esos animalotes aburridos, pintados de blanco y negro que, a al ritmo de la burocracia, terminarán sus días en el interior de una Big Mac.



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