14 feb. 2016

Me gusta vagar por las juderías, esos laberintos de callejuelas en los que vivían y trabajaban los antepasados de los sefardíes. Entre las sombras estrechas desplegaban sus tenderetes, compraban y vendían género de toda clase, prestaban y cobraban dinero. Al caer el sol contaban las monedas, música de metales nobles. Desconozco quién decidía los intereses con los que grababan sus créditos. Todos los usureros defenderían –por la salud del negocio- unas comisiones parecidas, que fluctuarían según el devenir de la economía nacional. Los tantos por ciento (designaban de otra manera a la moderna proporción) subían y bajaban a cuenta de variables que el prestamista no podía controlar.
Respecto al dinero y sus réditos las cosas apenas han cambiado. El valor etéreo de los números sigue siendo un misterio, de tal modo que los analistas financieros cada vez se parecen más a los vendedores de humo, ya que todos ellos –los que aparecen en los medios de comunicación a requerimiento de los periodistas que buscan una respuesta a la desnortada montaña rusa de la Bolsa- parecen saber tanto como desconocerlo todo acerca de los caprichos del mercado.

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El inversor, desesperado ante los números rojos, contempla demudado el desagüe por el que desaparecen sus ahorros, sin olvidar que fue su asesor quien le explicó la conveniencia y oportunidad de invertir en ciertas acciones y en determinados fondos con nombres almibarados, ocasiones que mejor era no dejar pasar porque iban a rendirle tanto como los sueños de la lechera.
La economía no es una ciencia exacta, señores de la corbata cara y los tirantes, sino un potaje en el que se mezcla la sensatez y la avaricia, la imprudencia y la magnanimidad, la visión a largo plazo y la urgencia por recuperar lo apostado en el parqué, lo mejor y lo peor del ser humano. Por eso no todos los consejos son prudentes ni válidos, por eso no es suficiente moverse con soltura en las mejores casas de apuestas financieras, por eso hay muchas personas que vuelven a guardar su capital dentro del colchón, temerosos de que un tal Maddof siga suelto.



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