5 feb. 2016

El piloto de una avioneta que sobrevolaba un rincón del desierto del Kalahari sintió sed. Precavido, llevaba en la cabina una cocacola. Se la bebió en dos tragos, eructó y lanzó el botellín por la ventanilla, sin medir las consecuencias de aquel gesto cargado de normalidad: la frasca de cristal golpeó la dura mollera de un cazador bosquimano, un hombre tan primitivo como sabio, que creyó que los dioses se habían vuelto locos. Porque, ¿a qué clase de deidades puede ocurrírseles ensuciar el paraíso con un cristal fajado por una cinta roja y blanca?

Sin pretenderlo, los cineastas hicieron, de aquella secuencia, una metáfora del primer pecado que, con tanta poesía, narra el Génesis. El hombre, que hasta entonces enseñoreaba una tierra sin fracturas, comenzó a dejar huella de sus detritos. Si de las evacuaciones del resto de los animales se beneficia la Naturaleza para alimentar la vida, del detrito humano -ligado a nuestra inteligencia, capaz de transformar tejidos y minerales en materias elaboradas para nuestro bienestar- queda una marca que no hay quien borre.

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La arqueología estudia algunos de esos deshechos –los más nobles: piedras, piezas de metal, hueso y arcilla, que nos hablan de viejas civilizaciones-. La industria de la basura, que no tiene tanta alcurnia, se las ve y se las desea con lo que en un futuro será la arqueología de este siglo: plásticos, aceites, aleaciones venenosas, vidrios, cementos, alquitranes y basura nuclear.

Nuestro planeta es una escombrera, un vertedero esférico y achatado por los polos, en el que ya no quedan alfombras bajo las que esconder la suciedad. Desde el cabo de la Buena Esperanza a Laponia, aquí y allá descubrimos miles de motivos para avergonzarnos de nuestra capacidad para destruir la casa común. Y lo escribo sin rubor, lejos de cantos emotivos a lo Roberto Carlos de los años setenta, pues el Kalahari también es un albañal por culpa de las criaturas de Dios, incapaces de beberse un refresco y devolver el casco.




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