28 abr. 2016

La Madre Teresa de Calcuta será proclamada santa el próximo mes de septiembre, con todos los honores que siempre se resistió a recibir.  El reconocimiento tiene un valor espiritual, el de la certidumbre para las próximas generaciones acerca de la grandeza intercesora de una mujer a la que dieron ese mismo título (el de santa) en vida, a pesar de la oscuridad en la que creía vivir, sorpresa post mortem de quien todos pensábamos que estaba sumida en las complacencias del Cielo.

No fue así. Ella misma lo relató en la intimidad de sus diarios y cartas a lo largo de los años de la fundación de sus Misioneras de la Caridad. Después del chispazo para ponerse en marcha, Dios le apagó todas las luces. Sin haberlo ella calculado, fue la parte del trato que firmó con el Eterno: te haces pobre con los más pobres, para cargar el peso del pecado que les condena a esa pobreza. Fue tan denso el plomo de su “sí”, que la Madre Teresa creyó vivir una suerte de infierno, en el que no disfrutó de un solo consuelo, a pesar de los premios y las ovaciones del mundo.

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Ahora que leo sus apuntes íntimos, atisbo el relieve de su oscuridad. Los menesterosos arrastran por el basurero de los hombres lo peor de cada uno de nosotros: el olvido a toneladas, los vómitos de injusticia y desprecio, la impasibilidad ante el dolor ajeno. Sobre ese basurero fundó la monja de Calcuta sus hogares, sin fiestas benéficas de recaudación, sin oenegés, sin lotería ni rifas para los niños huérfanos. Aquel que no tenga el don de la fe puede no entender una de sus más preclaras anotaciones: el Padre abandonó a Jesús en el huerto de los Olivos, que fue el momento en el que Cristo decidió hacerse pecado. Cargó sobre sí todas nuestras culpas, y Dios, que no puede abrazar el mal, se vio obligado a dejarle solo. Fue esa soledad la que Jesús compartió con la diminuta albanesa, cirenea del siglo XX.

Leo que en México D.F. nadie reclama el cuerpo de una niña de dos años, que hace más de trece meses apareció sin vida dentro de una maleta, con signos de abusos y malnutrición. Ángela –el nombre se lo han puesto los forenses- es el rostro de ese pecado del que nadie quiere hacerse responsable. ¿Nadie?... Se responsabiliza Jesús. También Teresa, la santa. Ambos hacen propios los dolores sin cuento de la pequeña.


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