23 abr. 2016

Me fascinan los gitanos. Desde niño los veo retratados en los lienzos pastosos de Zuloaga y en los perfiles melancólicos de Nonell, tallados por las manos de Sebastián Miranda, poetizados por Lorca y cantados, una y otra vez, en coplas de tijeras de venganza. Bastaba la primera nota de trompeta para que bajara, de tres en tres, las escaleras de casa. No quería perderme los números de los titiriteros: el padre encargado de aquel viento desafinado, los hijos dirigiendo los equilibrios de una cabra amaestrada, la madre haciendo sonar las monedas en la escudilla. Una vez, cerca de Las Ventas, presencié el baile de una niña que parecía tener la piel de bronce mal bruñido y llevaba la coleta casi deshecha. Qué hipnóticos sus movimientos, aunque no serpentearan sus brazos con el ángel de las mejores de su raza, las plantas de los pies negras por el polvo de la acera. Y después el flamenco en aquel primer disco de Lole y Manuel, ¡qué manera de decir las cosas!, y la proclamación rota del Lebrijano de los versos de Félix Grande y el toreo frágil de Rafael de Paula…

Fue en un tren perezoso que surcaba la India cuando subieron unas criaturas que en vez de castañuelas marcaban el ritmo con unas piedras de río. Su cante me evocó el jondo que no comprendo. Luego supe que muchos estudiosos creen que allí está el origen del pueblo faraónico, en el que también abundan los gitanos sin gracia, sin arte, incluso aquellos que me asustan porque están enredados en negocios de muerte. Y esos otros que recogen la chatarra y los chamarileros. Y los trileros y los canasteros. Y las que leen la buenaventura y los feriantes. Y los que vocean el precio de las bragas en los mercadillos. También esa riada de rumanos que tienen por oficio la mendicidad, tantas veces organizada, con sus ojos azules y sus ropajes inconfundibles.


España contempla asombrada los fastos de la boda gitana de “Los Ramones”, un derroche de fantasía para una princesona teñida de rubio que parece la reina del carnaval de Tenerife. Son los modos de la aristocracia caló, de la nobleza de un pueblo que tiene otro modo de entender la vida y el parné.

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