5 may. 2016

Los opiáceos del pueblo han cambiado, tal vez porque el cuerpo social se hace resistente a las drogas y la religión (Marx escribía sobre el cristianismo y, tal vez, el judaísmo) parece no anestesiar a quienes la viven y manifiestan con naturalidad, tal vez sí a quienes hacen de ella una bandera de caracteres cuasi políticos, aunque en este caso no es tanto el amor y el temor de Dios lo que les mueve sino la necesidad de participar en no se sabe qué combate.

Hoy el opio se sirve a raciones llenas en los noticieros de la radio y la televisión, en las portadas de los diarios que se publican en papel e internet. No son las noticias en sí las que nos sumen en una modorra tácticamente necesaria para el gobierno de las voluntades, sino la intención con la que se escogen la prioridad de los titulares. En España el sino de las cosas parece llevar una pauta: corrupción política, corrupción económica y corrupción moral (con marcada intermitencia saltan a la palestra abusos sexuales a menores de edad, malos tratos pasionales que llevan, tantas veces, al asesinato, etc.), para después dejar paso a las devastadoras noticias del exterior: guerras que no acaban –con intereses supranacionales que se difuminan con la muerte de civiles y soldados-, la marcha tristísima de los refugiados hacia la esquina oriental de Europa, atentados terroristas en el ignoto mapa musulmán y algún que otro fenómeno de la Naturaleza que hace más desgraciada la desgracia de los pobres (incalculable el valor de las palabras del cardenal Sarah cuando se refiere a la pobreza como la libre elección de Dios en la tierra, según la experiencia vital de Jesucristo, lo que la convierte en una experiencia predilecta del Cielo).

Es inútil negar la realidad, esconder la cabeza como el avestruz ante los acontecimientos que construyen la vida pública. En general las noticias no son buenas, al menos las escogidas por los medios de comunicación: el mundo gime como una parturienta, aunque esto es el sino de la Historia, que se escribe a sangre y fuego. Sin embargo la vida que nos rodea, a pesar de las calamidades (¿quién no sufre una enfermedad propia o cercana? ¿quién no atisba las orejas de la muerte? ¿quién no padece por motivos familiares, laborales, económicos? ¿quién no arrastra heridas y complejos?...), es bastante más luminosa de lo que narra la prensa, porque el mundo lo componemos –por regla general- personas buenas, con defectos y numerosísimas limitaciones, pero buenas, comprendiendo en la bondad este propósito por ser certeros en nuestros actos, por llevar paz y alegría a los nuestros, por ampliar el círculo de nuestras amistades (la extensión de nuestra capacidad de llevar el bien a los demás), por mejorar nuestra calidad de vida, que es mejorar nuestro entorno.

Los opiáceos nunca son recomendables, ya que distorsionan la realidad de quien los consume, empujándole a una relación de dependencia en la que cada vez se necesitan más dosis y dosis más nutridas, además de lastrar la salud al enfermar la voluntad y la capacidad de discernimiento. Por eso deberíamos poner en jaque al opio del pesimismo, esa abrumadora sensación de que no podemos hacer nada para endulzar este mundo amargo, la sospecha de que el mal se ha apoderado de los hombres y las instituciones, el convencimiento de que sólo nos resta apretar los dientes ante el tumulto que provoca tanta injusticia y dolor.


Hay medidas para recuperar la esperanza. Una de ellas –la más radical- es cerrar los ojos ante la pantalla del televisor, taparnos los oídos ante los altavoces de la radio, cerrar los párpados frente a los diarios. Pero no parece sensata, salvo que queramos hacer de nuestros días una isla en mitad del tráfago. Me parece más razonable recurrir a la misericordia divina, que es lo mismo que arrancar a rezar por las víctimas de la malicia y por los responsables de tantos crímenes, también por aquellos que reciben los embates de la Naturaleza. Y, sobre todo, nada como volver los ojos a los dones recibidos, que son los únicos que podemos hacer producir: talentos, familia, amigos, trabajo, aficiones… con un espíritu de agradecimiento y celebración, como si cada jornada fuese la última, un regalo que no se puede aceptar con un gesto de hiel.

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