9 may. 2016

Firma El Pana una de esas historias malditas que solo pueden arrastrar los hombres que nacieron con un destino subrayado por la pluma de Víctor Hugo. Porta el matador de toros la corona de la corte de los milagros de aquel otro París, una ciudad de tullidos, saltimbanquis, lectoras de la buenaventura y niños deformes que de día ofrecían al vulgo el espectáculo de sus monstruosidades, para regresar, caído el sol, a su húmedo palacio de basura y ratas.

Rodolfo Rodríguez nació en Apizaco, corazón de Tlaxcala, ciudad ignota para la mayoría de los españoles, que del mapa de nuestro glorioso imperio apenas conservamos memoria, desdeñosos de todo aquello que nos hizo grandes. A su padre lo mataron de un balazo, lo que le obligó a trabajar como vendedor ambulante de dulces para trenzar en las calles una infancia amarga que, sin embargo, nunca narró con amargura.

Después amasó pan en una tahona, en donde escuchó aquello de que «más cornadas da el hambre». En las madrugadas de la harina soñó con el toreo, sin haber visto nunca un burel, los guiños del traje de luces ni el singularísimo compás con el que los matadores mexicanos le bailaban a la muerte.

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Sus vestidos de torear estaban zurcidos allí donde los astados le fueron abriendo las piernas; los bordados y las lentejuelas apagadas, sin brillo. Triunfó allí, allá, tantas veces con el sabor de los buchitos de sangre mezclados con el polvo que levantan las pezuñas de las reses, un golpe seco y un nuevo desgarrón, va herido, un paño de cloroformo, limpia, cose, mándalo a su casa.

Con el fracaso, Pana, el olvido. Y con el olvido, las borracheras. De tan borracho perdía el sentido en los terraplenes del arrabal. Las prostitutas se lo llevaban a rastras para regalarle un jergón en el que dormir la mona. Se despertaba otra vez de noche, envuelto en el perfume acre del tequila, para suplicarles el regalo de otra botella.

Pintado en canas, El Pana conquistó el embudo de la México la misma tarde que regresaba para cortarse la coleta. Y claro, no se retiró. Por fin el éxito, el reconocimiento, la leyenda que viajaba de boca en boca, es El Pana, resucitado, el último torero romántico. Dios te ayude, panadero, a cargar tu cruz.


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