11 jul. 2016

Desembarcaron los norteamericanos –y no precisamente en Rota- para enseñarnos que el helado es disfrute para todo el año. Vamos, que no hay que aguardar los calores del estío para darse el gusto. Ahora, mira que eligieron un nombre difícil para esparcir la simiente del capricho: Häagen-Dazs, con diéresis en la primera vocal, como si le ponen acento a la hache, a la ge, a la ene, a la de, a la zeta o a la ese, un sinsentido. Y con el helado que ya no estaba sujeto a la temporada, aparecieron sabores que destronaban la sencillez del sota, caballo y rey a favor de las nueces de macadamia, las cookies, el caramel y toda la baraja de posibilidades que ofrece el diccionario gringo, por lo que tuvimos que auparnos con chulería sobre la pronunciación imposible para soltar esos palabros contra natura para quien se expresa en el castellano de Despeñaperros para abajo y de Despeñaperros para arriba.

Tomarse un helado en invierno se convirtió en antojo comparable a llevar bufanda en el mes de julio, cuando los pajaritos se caen de los árboles, o a darse el primer chapuzón de agosto con abrigo hasta los pies. Un absurdo cuando no hay dolor de garganta que curar, que para eso sí, las abuelas insistían en las ventajas de calmarlo con un poco de frío. Y pagamos un alto precio, ¡vamos si lo pagamos!, cuando abrieron las tiendas del mantecado yanqui -una fortuna cada bolita, una fortuna el humilde cucurucho, el barquillo, que para más inri ya no sabe a cucurucho ni a barquillo-, pues cerraron el puestecillo de los helados que a partir del mes de mayo anunciaba, como las golondrinas, que las vacaciones estivales estaban al caer.

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Mis hijos no saben qué supone salir a la calle con unas monedas agujereando los bolsillos para ponerse de puntillas ante la ventaba azul del quiosco, con sus atractivas letras de la marca nacional, para pedir un corte, de tres sabores a ser posible. <<Que dice mi madre que me lo ponga gordito; un poco más…>>, la boca haciéndose agua cuando la paleta sajaba aquel cemento tricolor que quedaba sujeto por dos galletitas antes de que el señor o la señora ataviados con un sencillo mandil nos lo entregara medio envuelto en una servilleta rasposa.

El corte era el helado de los pobres. También el de los menos pobres. Y el de los ricos. Todos, desclasados, tratando de cazar con la punta de la lengua esos rectángulos que se deshacían al contacto con el sol, los dedos pringados de dulce como postre final y una petición: <<mamá, en mi cumpleaños quiero helado de corte>>. <<Pero niño, qué cosas dices… En invierno no se come helado>>.



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