7 jul. 2016

Como trabajo con adolescentes, muchas veces acuden a mí con dudas acerca de su futuro universitario. No saben por qué decantarse cuando se encuentra ante varias posibilidades para las que se sienten aptos. Con el propósito de desconcertarles, les digo que no importa absolutamente nada su elección, salvo que tengan previsto el estudio de una carrera técnica, aunque también en ese caso les indico que las horas que entreguen a memorizar los manuales de las distintas asignaturas, serán las más improductivas ante lo que el futuro espera de ellos. En suma, mi juego quiere empujarles a la lectura, una lectura selecta pero sin pausa; cuatro, cinco, seis años leyendo sin descanso hasta completar el listado imposible de las obras maestras. Ese bagaje es más que suficiente para que triunfen, cualquiera que sea su empleo, ya que nuestra vida laboral la ocupamos en desentrañar el misterio del hombre. Si terminan por saber domeñar semejante interrogante, ¿quién duda de que conquistarán al jefe, se ganarán el aprecio de sus colegas y la confianza de sus clientes?

Insisto: para entender al ser humano basta la lectura, pues del hombre trata todo lo escrito desde que alguien tomó un punzón para arañar una pastilla de barro. No hay evolución tecnológica que valga –poco importaría si ya estuviésemos veraneando en Marte- capaz de fabricar un hombre nuevo y distinto al que, por ejemplo, llena las innumerables páginas de la Biblia. En sus diversos relatos y estilos, el texto sagrado hace una radiografía completa de nuestras virtudes y defectos, de nuestras luchas y pasiones, de nuestras grandezas y villanías, de la santidad y del pecado. No hay ningún comportamiento que no esté descrito por los autores bíblicos, quienes, además, llevan el níhil óbstat de Dios.

Son conocidas las traiciones del pueblo judío a Yahvé, después de que Éste les hubiera liberado de la esclavitud del faraón. En el becerro de oro ante el que se postraron (dada la paupérrima situación de los deportados, sería un monigote de algún metal humilde, posteriormente dorado), también se compendian todos los dioses del mundo contemporáneo, incluso la democracia cuando ésta se entiende como un absoluto y la pronunciación de su nombre excusa cualquier atropello bajo el amparo de la mayoría.

Esta visión tan actual de la democracia –una deidad parlamentaria, representada por unos pocos elegidos que deciden en nombre del resto de la sociedad- tiene como hito la formación de la conciencia débil, en la que el individuo se ha convencido de que junto a su voto va, además, su rendición. Por eso se elevan sobre altares profanos todas esas leyes contrarias a la naturaleza humana, sin que chiste apenas nadie. Por eso los gobernantes se arrogan la capacidad de regular normas que van más allá de los límites de una sana convivencia, con el único fin de crear un mundo alternativo en el que la única regla moral sea la que dictaminen las Cámaras. Por eso los políticos, en general, recelan de las instituciones que llevan siglos resistiendo los caprichos del Rey Sol, guiándose por algo tan distinto como la Revelación y la Ley Natural, muy superiores a la vida breve de casi todos los regímenes con los que, lícita o ilícitamente, hemos querido ordenar la Historia.

España está viviendo años convulsos, en los que el Estado, los partidos y los políticos han fundido sus propios becerros de metal, a los que pasean y exhiben con la demagogia de quien vocea la piedra filosofal. Esa demagogia se aúpa en el atril de la democracia. De la democracia entendida no como el gobierno de todos, en el que la sociedad confía la gestión de lo público con el mandato de ofrecer un especial cuidado a los más frágiles, sino como el justificante con el que se diseña un país a mayor gloria de la ideología –derecha, centro, izquierda… poco importa-, que tras el debacle de las ideologías no es otra cosa que la ingeniería para la elaboración de un ciudadano servil, manipulable, intelectualmente débil, incapaz de plantearse una sola de las preguntas trascendentes que definen nuestra especie.


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