15 ago. 2016

Hay en el paseo del Pintor Rosales, de Madrid, un pequeño monumento erigido por suscripción popular. De mármol blanco, reproduce a cuerpo entero la simpática fisonomía de la infanta Isabel, popularmente conocida como “La Chata”, quien hasta que Alfonso XIII tuvo descendencia fue princesa de Asturias y gozó del cariño de las clases populares, representadas en la escultura por una violetera de sainete y por un “gato” envuelto en una capa española.

Publicaban los revisteros de la época las crónicas de la vida social de La Chata, a la que su regia madre y regio sobrino excusaron de numerosos actos protocolarios, tal vez porque a ella lo que le iba era saltarse a la torera las pautadas normas que la distanciaban del pueblo, con quien se sentía de veras cómoda. Isidros y chulapas se daban codazos al toparse con ella en las chocolaterías, donde la veían disfrutar como una niña mientras se zampaba un buen junquillo de churros. Verbenas, zarzuelas, circo, teatro y toros, sobre todo corridas de toros en la vieja plaza de la carretera de Aragón, eran el entorno por el que se movía “La Chata”, a la que servían una generosa merienda a la muerte del tercero y solicitaba las orejas –desde que los despojos de los bureles pasaron a certificar el éxito del matador- blandiendo un enorme pañuelo blanco y sumando sus voces y silbidos –al contemplar su rostro, uno comprende que había aprendido a silbar- a los del resto de los espectadores.
Como su antepasada, la infanta Elena también pide monumentos. Eliminando la connotación hortera del término, la hermana de Felipe VI es la “princesa del pueblo” porque junto al pueblo parece sentirse cómoda, le gusten o no los churros. Lloró sin recato en el desfile inaugural de aquellas Olimpiadas; escogió la ciudad de Sevilla para casarse, recorriéndola antes y después en coche de caballos para recibir y devolver el cariño de la gente; aclamó como una más, envuelta en la bandera patria, a la selección española después del triunfo en Sudáfrica; reconoce su afición por el flamenquito y se sienta en la piedra como la mejor aficionada, para pedir las orejas –sumando pañuelo, voces y silbidos- cuando la faena lo merece, incluso si presencia la corrida desde el palco real. Y, por supuesto, le traen al pairo las críticas de aquellos que se escandalizan porque lleva a su hija a la plaza.

Monumentos, señores, nuestra infanta pide monumentos.


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