19 ago. 2016

Las vacaciones son el mejor invento de la sociedad tardo-burguesa, un hecho institucionalizado, reconocido y protegido por la Ley, que nos garantiza una serie de semanas de feliz asueto, además de los sábados y domingos, fiestas, puentes y “moscosos” –para los funcionarios a quienes les caiga esta breva-, que son un suma y sigue que, bien utilizados, garantizan una ristra de días libres que añadir al calendario de las fechas marcadas en rojo, color que para estos menesteres deja de ser el aviso de un peligro para convertirse en señuelo de disfrute.

La humanidad analizada como un todo, sin embargo, apenas sabe qué es este invento de las vacaciones, un beneficio más, exclusivo, para los que habitamos la parte superior del globo, una bicoca que nos ha caído del cielo, una rareza, pensarán los habitantes de Corea del Norte, por ejemplo, que como si fueran máquinas sin voluntad se gastan la vida trabajando para el régimen, sin que por ello reciban otro beneficio que conservar la cabeza sobre los hombros. Tampoco en Cuba hay vacaciones, entendidas éstas como un tiempo en el que nos alejamos de la rutina laboral, abandonamos nuestro lugar habitual de residencia y buscamos el regocijo del viaje y el contacto con la Naturaleza. En Cuba lo que no hay es ocupación, pero no tener nada que hacer es muy distinto a descansar.

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No hay vacaciones en Venezuela, salvo para los oligarcas de la dictadura, que se solazan en alguno de los paradisiacos hoteles que aún quedan en pie, o se marchan a Miami o a Bahamas con todos los gastos pagados por los millones de familias que apenas pueden hacer una comida al día. Nadie duda de que a los sátrapas les encanta, de vez en vez, tomarse un respiro en sus funciones de acogotar a sus compatriotas. Los tiranos que en agosto abandonan el palacio y el ministerio se gozan al sol, entre opíparas comidas y costosos entretenimientos, lejos de los discursos populistas, las sentencias de muerte y cadena perpetua. En vacaciones juegan al bingo, toman mojitos sin límite y bailan el “Macarena” en la discoteca reservada para ellos y su prolija trompee.

En África ignoran que es un tardo-burgués, así que no merece la pena hacer ninguna consideración acerca de las vacaciones, salvo que nos detengamos en alguna urbanización con vigilancia privada, sita en Ciudad del Cabo, Nairobi o Luanda. Sobre América Central y el Continente del Sur, cabe decir lo mismo, con un guiño a las tiras de Mafalda en las que aquella familia de clase media disfrutaba de un breve viaje a las montañas o al mar.


Las vacaciones son un invento reciente, un privilegio que ha empapado desde la cima hasta la base de nuestra pirámide social. Qué menos que agradecerlas. Qué menos que aprovecharlas, hasta su último compás.

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