7 ago. 2016


 Tiene su aquel comenzar esta colaboración -como articulista de un medio digital-, reconociendo que soy un desastre en el uso de lo que se ha venido a llamar “nuevas tecnologías”. Hubiese deseado que no existiera tablero o mando del que no supiera sacar todo su rendimiento o, al menos, el rendimiento básico, ese que se sobrentiende que dominamos aquellos que formamos parte de la era digital. Suspiro porque me fuera suficiente una rápida ojeada por la superficie que ahora golpean mis dedos, para que no hubiese una “efe” mayúscula acompañada por su correspondiente dígito de la que no fuese capaz de sacar todo su jugo.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad: entre la sucesión de ceros-unos y servidor, se extiende un universo de fatalidades. De mi ignorancia ni siquiera me salva la suerte del principiante, ese azar que hubiese evitado que mis trabajos se hundieran en negro, víctimas de un encefalograma plano que anuncia, de golpe y porrazo, que me he metido en un jardín sin salida.

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Después de tantos años, de tantas novelas, de tantísimos artículos paridos mediante el frenético “click-clack” sobre las teclas de plástico con las que ahora trazo estas líneas, el día que el cursor guiña ante mis ojos como una burla, sin permitirme una sola operación, no hay destreza ni intuición que me salve. Desde dentro, de allí donde están atadas mis entrañas, brota un lamento fatal: <<¡ay, que no he guardado los documentos!>>.

La reiteración de mis desgracias electrónicas no ha logrado que aprenda de una vez por todas: qué de malos ratos hubiera evitado de ser hombre prevenido. Pero prevención no casa con arte, por más que el mío sea un arte pequeño, el de un junta letras que pretende, con denuedo, comunicarse con el mundo a través de mis personajes o de lo poco que cabe en una columna como ésta.

No en vano, cargo sobre la espalda y la conciencia la última de mis irresponsabilidades digitales: el teléfono que se me escapa de las manos, que da tres, cinco, siete vueltas en el aire antes de golpearse con la acera, un instante que se confunde con una palabrota que voy a tener el gusto de ahorrarles, pues se van al garete todos mis contactos telefónicos. Esa pantalla quebrada fue metáfora del aislamiento, porque en estas calendas ya no tenemos agendas de papel en las que guardar nombres, apellidos y teléfonos en orden alfabético.

Debería haber archivado una copia en un servidor. Es gratis. Basta con una sencillísima gestión… No me lo recuerden porque lo sé y no se imaginan hasta qué punto me arrepiento de tamaña irresponsabilidad, ahora que me he convertido en un mendigo de números de teléfono. Pero, qué le vamos a hacer, mi cabeza suele estar en otras cosas, buscando asuntos con los que completar mis artículos, discurriendo el modo más certero de finalizar el capítulo de mi última novela, como el iluso que sale a la calle decidido a cazar nubes.

Ojalá todo se hubiera quedado en la pantalla oscura del móvil. Pero no hay dos sin tres, ni uva a la que no acompañe racimo…  Sin tiempo para recuperarme de la fatalidad, antes de que se apagaran mis prolongados ayes, aquella misma tarde no presté atención a la advertencia en rojo, marcada por todo tipo de signos de exclamación, que me pedía que no accionara el botón derecho del ratón de mi ordenador. Fue un acto reflejo, la confirmación de que no he nacido para el manejo de estos aparatos, apenas una micra de segundo en la que la inocencia floreada en la que vivo se quebró, llevándose con un “click” las más de mil direcciones de correo electrónico que puntualmente reciben el resumen de mis actividades literarias, además de mis mensajes particulares cuando ha lugar.

Ahora que por fin acepto que no cabe solución, que se ha roto definitivamente el hilo que me unía con aquella bolsa cuajada de arrobas, finalizo este artículo, el primero que escribo para Woman Essentia, en donde soy un escritor principiante que espera –después de esta confesión a camisa quitada- recibir de ustedes el cariño que merecen los torpes de buen corazón.



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