4 ago. 2016

Sin fe no hay confianza. Salvo que por confianza entendamos lo mesurable. Triste confianza aquella que depende de una ciencia de medición, un porcentaje, un resultado que cabe en un casillero: Sí, No, No sabe/No contesta. Sobre todo si lo que se pretende medir son los frutos del Espíritu.

La primera Jornada Mundial de la Juventud, en Buenos Aires, elevó un hito en la historia del mundo contemporáneo. Que una estrella del pop copara todas las localidades de un estadio, tenía su aquel. Que quien atrajera a multitudes de jóvenes para las que un estadio no reunía el espacio suficiente, sino que se precisaban largas avenidas, plazas y parques, fuese un Papa, es decir, el líder espiritual de una religión tratada con singular desprecio por aquellos que manejan la política nacional e internacional, los hilos de los medios de comunicación y el ocio de masas, dejó a los profesionales de la demoscopia con la boca abierta. Entre otras cosas porque Buenos Aires no fue una Jornada Mundial para argentinos, sino una convocatoria que atrajo a jóvenes de todo el planeta. Lo mismo sucedió en Santiago de Compostela, Chestocova, Denver, Manila, París, Roma, Toronto, Colonia, Sidney, Madrid, Río de Janeiro y, por último, Cracovia. Los meridianos y paralelos del Globo atascados por “culpa” del Pontífice de los cristianos.

Con Juan Pablo II, a medida que iba envejeciendo y perdiendo facultades físicas, fueron más abundantes las riadas de chicos y chicas que se cruzaban la Tierra para formar parte de unos días repletos de incomodidades (soy testigo de que en una JMJ se duerme mal, se come peor, el cansancio llega a hacerse duro de sobrellevar…) y satisfacciones (todas esas que no caben en una encuesta porque no se pueden medir los grados del amor: nacen amistades, otras se consolidan, se forjan grupos de oración, se fraguan noviazgos y, por último, se multiplican las conversiones por parte de aquellos que no tenían fe, de quienes la tenían casi apagada, de quien pasaba por allí sin mostrar ningún interés por el evento,  de quienes lo siguieron por televisión… floreciendo vocaciones aparentemente incompatibles con el mundo, algunas de las cuales no llegan a término y otras, muchísimas otras, cuajan en el sacerdocio, la vida religiosa o un laicado en el que familia, trabajo y vida social son camino de santidad).

Los sociólogos encargados de medir las facetas de la vida en encuestas reconocen que los últimos Papas tienen un magnetismo difícil de justificar, pero que más allá de las emociones de las Jornadas todo se queda en nada, pues enseguida recurren a sus porcentajes en todos aquellos comportamientos contrarios a la moral, que parecen dibujar a la juventud mundial (sexo, consumo de alcohol y drogas…) para llegar a la conclusión de que desde Wojtyla a Bergoglio se podría escribir el relato de un fracaso adornado con músicas y aplausos. 

Pero el camino hacia la Vida no se puede desgajar en apartados; no se puede convertir en un listado de preguntas generales; no se puede inventariar como si se pretendiese hacer un estudio de mercado. Hablamos del camino del alma, el de la constatación de nuestra débil naturaleza, del día a día en el que batallamos entre el bien y el mal, del descubrimiento de que estamos sostenidos por las manos de Dios.


Los sociólogos dejan de lado que la JMJ es, sobre todo, una inmensa catequesis, un aprendizaje intensivo de la fuerza de la Gracia divina, de la presencia real de Jesucristo en los siete Sacramentos de la Iglesia, de la verdad definitiva de Jesús muerto y resucitado. Y si, también está la contabilidad de las vocaciones, las de aquellos que toman el arado y no vuelven la vista atrás, y la de aquellos que de nuevo dejan dormir su fe, hasta que un día reverdece el recuerdo de aquellos días... Es decir, la JMJ es el dulce juego de Dios con sus jóvenes.

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