30 oct. 2016

Los adalides de la cultura de la muerte manejan las estadísticas con la soltura de una actriz del destape. Ahora, desde Bélgica y Holanda, proponen facilitar la eutanasia a todo aquel que esté desencantado de vivir, empezando por los ancianos. Una inyección, la confusión al entrar en un sueño balanceado por música new age y al crematorio, que al fondo hay sitio. Según ellos, en Occidente hay un 28% de personas mayores a las que no les apetece abrir los ojos cuando suena el despertador. Lo de menos son los motivos (la soledad, la depresión, los dolores, las ausencias…), porque su intención va más allá de una aparente piedad; la peor de las ideologías materialistas les anima a pegar un empujón a quien se les ponga por delante, para lanzarlo por los toboganes que acaban en los cementerios.

Primero reclamaron la eutanasia para las víctimas de dramas corporales sin solución, como comas de los que no se aguarda un despertar. La presión a los familiares que -agotados de vivir junto a la cama del paciente- entraron por el aro de la duda, les facilitó contar con testimonios que generaban empatía con la sociedad. Después recurrieron a aquellos hombres y mujeres que regían su inteligencia sin que el cuerpo les respondiese. Estos reclamaban a viva voz que alguien les lanzara al abismo. Más tarde consiguieron que los diputados de sus parlamentos autorizaran los sueros letales para los niños que sufrían parecidas condiciones y ahora, por fin, les toca el turno a los desencantados.

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Lo peor de los directores del suicidio ajeno, es que en su obsesión no contemplan otra posibilidad que no sea la caja de pino. Por eso pasan de puntillas sobre los motivos que causan en una persona el deseo de morir. Por encima de cualquier patología que quepa ser resuelta (bien con acompañamiento médico, casi siempre con cariño), está la imposición de la sentencia fatal, como si el cadáver fuese un premio.


No me olvido del secuestro emocional al que sometieron a Ramón Sampedro, la triste víctima de los promotores en España del suicidio asistido. Sé de primera mano que muchos trataron de acercarse a él con el propósito de darle aliento para que no tirara la toalla. Sin embargo, siempre se encontraron con las puertas cerradas. Del otro lado, sujetando el pomo, los de las estadísticas de la desilusión. A este paso, nos resuelven en un pis-pas el problema de las pensiones.  

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