28 nov. 2016

En la suma de estos días se han vertido tantos ríos de tinta acerca de Rita Barberá, que me cuesta sumarme a la bronca nacional acerca de los juicios sumarísimos que, en este caso, parecen haber desembocado en la rotura del corazón de la personalísima alcaldesa, a la que le fallaron los pálpitos ante la furia nacional que quería ver su cabeza en la picota. Siento dolor ante su repentino fallecimiento y vergüenza e indignación ante la actitud de algunos representantes públicos que decidieron sacarle esquirlas al cadáver con un plante que no tiene justificación. Pero, al mismo tiempo, reconozco que Rita no me gustaba porque prefiero a los políticos de perfil bajo, aquellos que pasan por ser buenos administradores y no estrellas que gustan darse baños de masas.

La política debería ser un ejercicio de servicio que no busca ovaciones de la galería sino el aprobado llegada la hora de rendir cuentas, como rinden los directores y consejeros delegados a los accionistas de sus negocios. Rita, la mujer de rojo, la regidora de las perlas, los bolsos y las mayorías absolutas, disfrutaba en esas tracas que coreaban su nombre. Por eso agarraba el micrófono a plaza llena. Por eso subía al coche que recorría en vuelta de honor el circuito de Fórmula 1 del que sólo queda el recuerdo. Por eso alzaba los brazos, triunfadora, al avanzar por el altar en el que iba a oficiar el Papa. Por eso las hemerotecas guardan tantos momentos que a esta hora despiertan tristeza y sonrojo. La gleba es así: lo mismo que te encumbra, te devora. Basta que alguien siembre la duda, acuse, insulte, persiga… para derribar las andas, tirar la imagen antes alabada y comenzar a pisotearla.

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La muerte de Rita —¡qué final tan oprobioso el de su cuerpo dentro de una bolsa atada a un carrito!— exige un punto y aparte en la deriva que ha tomado nuestro sistema. Y no sólo para debatir a fondo lo aceptable o inaceptable de los juicios paralelos o la alegría con la que algunos magistrados abren declaración a ciertos personajes mientras otros salen de rositas, o lo largos que son ciertos procesos que la sociedad exige se resuelvan de inmediato. Ha llegado la hora de poner nombre a lo que nos daña. De poner nuevas reglas que impidan ese daño. De poner punto y final a los malos hábitos que han distanciado a los ciudadanos de sus representantes. De volver a hacer de la democracia un asunto de todos.



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