3 dic. 2016

Cada vez quedan menos testigos del paso de la Iglesia preconciliar a la que hoy conocemos. Quienes nacimos después de la clausura de aquella reunión universal de obispos, incluso quienes vieron la luz unos años antes de que ésta se convocara, hemos crecido en la naturalidad de la adaptación no solo de la liturgia sino del modo con el que se plantea el Evangelio al hombre del siglo XXI. Sé que es jugar a ciencia ficción, pero sin el Concilio la Iglesia hubiese caminado por una senda paralela a la de la humanidad contemporánea, sin posibilidad de encuentro. Por tanto, no me cabe duda de que aquella gigantesca asamblea fue profética y de que el corpus de sus documentos se adapta a la perfección al devenir del ser humano, aunque por entonces fuera muy complicado hacerse una idea acerca de nuestro futuro, en el que ha cambiado el traje pero no el sujeto, pues la humanidad continúa acosada por las mismas necesidades de trascendencia y por el mismo vacío ante la realidad del pecado y de la muerte, ligaduras que el ingenio humano no consigue cortar por sí mismo.

La vida del cardenal Sarah parece circular alrededor de la bisagra de aquellos años trascendentales. Al leer su libro-entrevista (“Dios o nada”, editorial Palabra) queda manifiesta la inspiración del Espíritu Santo en san Juan XXIII y en el beato Pablo VI, conductores del fenómeno más importante de la Iglesia del siglo XX y XXI. Colijo de sus palabras que no fueron estos Papas los que se subieron al carro de la modernidad sino que fue Dios, de nuevo, quien salió a nuestro encuentro sirviéndose de una coyuntura temporal que, sin su intervención, estaba abocada a la destrucción de la civilización cristiana. A las pruebas me remito: hoy la Iglesia es la única defensora de la voz y los derechos de los débiles, enemigos a abatir según el subjetivismo de Occidente, que lleva décadas tratando de imponer su filosofía individualista —su cultura del descarte y de la muerte— en el resto del orbe.

Nos dolemos, y con razón, de las desafecciones que sufrió la Iglesia por parte de algunos de sus prelados, del número incontable de sotanas y hábitos que quedaron colgados de una percha, de la situación agonizante de los seminarios de Europa, de la confusión que ha causado una predicación mal adaptada a nuestro tiempo, de la dualidad enloquecida de quienes han desgajado fe y vida, de la práctica desaparición del sacramento de la confesión en numerosos templos… Y sí, todo eso es real; son los golpes de la infidelidad, nada nuevo en nuestra naturaleza herida, la misma que ha causado tanto daño y tanto escándalo por el abuso sexual de algunos sacerdotes y obispos, amparado con torpeza y maledicencia por parte de quienes tenían obligación no sólo de denunciar a los criminales ante las autoridades civiles y eclesiásticas, sino de retirar las manzanas podridas. Pero sin Concilio, no me cabe duda, todos y cada uno de estos problemas se habría desbocado hasta un punto ingobernable, convirtiendo a la Esposa de Cristo en un penoso erial.

No son pocos los problemas por resolver. El cardenal Sarah no tiene empacho en reconocerlos, enumerarlos y analizarlos con un verbo valiente: la Iglesia tiene urgencia de que la invitación a la santidad empape a los fieles, de tal manera que la piedra de escándalo a la que los cristianos están a la fuerza llamados no sea otra sino la plena identificación con Cristo. Una identificación audaz y responsable, sin el amparo del clericalismo. Se refiere Sarah a cristianos santos en la vida corriente: en la oficina, en el comercio, en la política, en el hospital, en el campo, en la escuela y la universidad, en la cultura y en el arte. Cristianos decididos a santificar sus relaciones personales y afectivas, propagadores de la santidad en la familia, en los círculos de amistad, en el compromiso de una sana ciudadanía. Cristianos que se santifican sin rarezas ni alambiques, sin disfraces ni componendas. Cristianos que favorecen el diálogo con los que viven de modo diferente, con los que no tienen fe ni anhelan tenerla.

Quizás este sea el mensaje principal del Concilio: el cristianismo es una realidad que está más allá de las circunstancias temporales, porque el Evangelio —Cristo, en suma— no está destinado a un momento concreto de la Historia sino a todas y cada una de sus etapas. Y en la nuestra, como insiste el cardenal Sarah, el mensaje no puede ser sino la más bella y radical de las revoluciones, esta santidad universal, Dios o nada.  












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