11 nov. 2016


Parece innecesario repetir que los hijos no vienen al mundo con un libro de instrucciones. ¿Acaso no nos da respeto tomarlos en brazos la primera vez, cuando se mueven como milagros diminutos? Sin embargo, enseguida nos acostumbramos al mecanismo de las relaciones, hasta que con el paso de la vida te ves obligado a regresar a este tipo de certezas básicas que, sin darnos cuenta, las habíamos tapado con tantas teorías familiares. 

Los hijos no llegan con un manual de instrucciones porque Dios no regala la vida en serie, como si en su infinita bondad tuviese una fábrica de almas. No hay en toda la Historia un ser humano igual a usted, a mí, a cada uno de sus hijos y de los míos, lo que nos obliga —a aquellos que somos padres— a rescatar esa perspicacia natural que también forma parte de las obviedades.

Hay padres irresponsables, a quienes les viene grande este bello título. Pero en ese caso el problema no atañe al origen de la relación paterno-filial, en la que el regalo de la vida puede llegar a ser visto como un error, sino a las interferencias con que la falta de juicio, la conciencia laxa y la voluntad empobrecida enturbian la relación más sagrada que puede darse entre los hombres. La irresponsabilidad, en estos casos, tiene nombre de droga, alcohol, libertinaje o falta de carácter (la irritabilidad, la violencia, son faltas graves de carácter y no excesos del mismo, como tantas veces se piensa).

Hablo de una relación sana, en la que el padre, la madre, ven crecer al pequeño, que se va convirtiendo en niño y, poco después, en púber y adolescente. Si en un primer momento sólo nos preocupaba su sano desarrollo físico, enseguida comenzamos a pensar en el entorno: la elección de un colegio, las amistades que libremente va escogiendo, sus gustos y aficiones, sus fortalezas y debilidades, sus aciertos y sus errores, causados por la natural falta de experiencia, también por la curiosidad y por esa resistencia a afrontar las dificultades, el miedo de dejar la infancia y sus abrigos.
Hay cientos de libros que nos explican, con un lenguaje pedagógico, cómo es el hijo en cada una de sus etapas. Hay obras, aún más interesantes, que nos dan ideas de cómo adelantarnos a sus necesidades, incluso que nos sugieren qué tenemos que hacer para aceptarlos y comprenderlos cuando deciden soltarnos la mano. Hay cursos para padres, encuentros con expertos, intercambios de experiencias, gabinetes, consultas… de forma que puede parecer que quien fracasa en su paternidad ha tenido que proponérselo (haber despreciado esos libros, no haberse molestado en leer esas obras, ignorado los cursos, etc.).

Ocurre que se nos olvida aquello tan evidente como lo del manual: en la trama que se anuda entre los seres humanos, dos más dos no son necesariamente cuatro, sobre todo cuando la genética no asegura que personas con la misma sangre deban comportarse de la misma manera.

Después de toda esta carga de teoría, necesito confesar que ante el proceso de maduración de los míos, me crece la sensación de que apenas sé nada acerca de educación, por haber creído tantas veces que el libro de instrucciones sí que existe, y que basta aplicar el sentido común para que las cosas funcionen como yo espero. Son ellos y sus singularidades los que me dicen que en nuestra familia no hay un guion escrito, y que por esa razón necesitamos dejarnos conquistar por el asombro.

¿A qué asombro me refiero? Al de la semilla que germina en buena tierra y da sus frutos, que pueden ser distintos a los que uno aguardaba y, no por ello, menos bellos. Mis hijos adolescentes me lo demuestran con algunas de sus actitudes, con sus juicios, con sus resoluciones y con esas exigencias mudas —como el susurro del espíritu— de que me detenga con mayor frecuencia a escucharles. Ese es, lo he comprendido, su único manual.

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