20 may. 2017

El hombre participa en el proceso de la Creación, que no finalizó —ni mucho menos— al séptimo día del comienzo de la Historia, tal como narra el primer libro del Génesis, sino que continúa y continuará hasta que se apague definitivamente la luz del sol y lo creado se transforme en un cielo y una tierra nueva.

Esta participación nos compete a todos. De hecho, la misión del hombre podría resumirse en el papel que cada cual desempeña en este proceso. No me refiero, necesariamente, al impacto que podamos causar al medio ambiente (que también) sino al papel que representamos. Al igual que un gorrión viene a alegrar el asfalto de una gran ciudad, embelleciéndola, cada persona debe embellecer el mundo a través de sus actividades. Nada de lo que hacemos es inicuo: nuestras acciones, disposiciones y propósitos afectan de manera positiva, neutra o negativa al legado que el Creador deposita en nuestras manos, lo que me hace entender el convencimiento de algunos santos, que aseguraban dar gloria al Cielo incluso al dormir.

La creación se completa o daña, principalmente, a través de la realización de nuestro trabajo (no es lo mismo cumplir que no cumplir las responsabilidades firmadas en un contrato; no es lo mismo pagar que no pagar un justo salario; no es lo mismo ser fiel que traicionar a quien nos da de comer; no es lo mismo aprovechar los recursos que malgastarlos…). Por eso, algunos oficios parecen incidir de manera más directa al embellecimiento del mundo. Me vienen a la cabeza, a bote pronto, las labores de jardinero, arquitecto, cocinero, barrendero, peluquero, diseñador de moda y tantos otros, siempre y cuando reine en ellos el afán de hacernos la vida más hermosa y amable, más bella.

La belleza (fundamental para alcanzar un nivel razonable de felicidad) es un elemento eminentemente cristiano que, sin embargo —quizás porque hace unos siglos nos arrebataron el liderazgo de la cultura—, tantos cristianos no entienden, no valoran o desdeñan. Sin una correcta aproximación a la música, a la pintura, a la escultura, a la arquitectura, a la literatura, a la danza, al cine, al cómic… que nos permita la libertad de escoger aquello que enriquece como pocas cosas el Cosmos, es difícil que el mundo vuelva los sentidos hacia Dios.


Como soy un pequeño escritor, mi contribución a este magno proyecto apenas es anecdótica. Como soy un pintor y un escultor pequeño (este artículo surge de una exposición en Madrid, después de veinte años sin mostrar mis obras en público), mi contribución a este colosal proyecto sigue siendo diminuta. Pero el trabajo con la palabra, el texto, la narrativa, los materiales, el trazo y el color, con los modelos y las herramientas, la madera y el volumen, me reconcilian de manera íntima con este sueño de que el mundo sea mejor para todos, lo que me impele a vocearlo.

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