22 may. 2017

El ritmo con el que vivimos en las grandes ciudades, nos obliga a aprovechar los “tiempos muertos” en aras de la convivencia familiar. Así, llevar a los niños al colegio se ha convertido en momento principal para ejercer la paternidad, la maternidad. Además, si las dificultades del tráfico demoran el traslado, resulta que automóvil pasa a ejercer la función que antaño cumplían el salón o la cocina de casa.

En esas me encontraba (de primera a segunda marcha, y otra vez a primera), charlando de lo divino y lo humano con mis vástagos, cuando a nuestra derecha se incorporó una furgoneta adornada con mil colores. De un vistazo la pequeña de mis hijas leyó “guardería” en el titular que abanderaba el lateral del coche. Es tal la llamada que siente hacia la infancia, que siempre cuela su mirada por los cristales de ese tipo de vehículos cargados de “colegas de primeros pasos”. Cual no fue su sorpresa —y enseguida la mía y la del resto de mis hijos— al silabear las palabras que venían a continuación: “para perros”; “Guardería para perros”. A renglón seguido, la furgoneta especificaba: “Regala felicidad a tu mascota. Recogidas y entregas a domicilio”.

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Recreamos en un momento la jornada en dicha guardería. ¿Realizarían las mascotas figuritas de plastilina para sus amos? ¿Pintarían con las patitas en hojas de cartón? ¿Apuntarían sus “maestros” el número y clase de deposiciones? ¿Les darían jeringazos de Dalsy y Apiretal? ¿Cuántas veces telefonearán las “mamás” y los “papás” de los perros para preguntar por la felicidad del animalito? Además de las risas con las que formulamos cada duda, resultó imposible no mencionar de la necedad y decadencia de Occidente, que ha entronado a los animales domésticos en un podio que solo le corresponde al hombre.



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