9 oct. 2017

Al Estado de las Autonomías lo cargó el diablo cuando a sus ideólogos les dio por remover la sopa turbia de los sentimientos, sobreponiéndolos a la realidad. De aquellos fideos viene esta indigestión en la que unos se sienten de aquí y otros de allá, en vez de aceptar lo único real: su partida de nacimiento o del padrón, que detrás de la provincia señalan a este país. Los sentimientos aplicados al terruño —la sangre de los asesinados, heridos, secuestrados, extorsionados y exiliados por culpa de la ETA son fruto del sentimiento— elevan el sinsentido sobre la razón, sobre todo en aquello que la II República dio en llamar comunidades históricas, que sus beneficiados titularon Galeusca (contracción con sabor a sociedad anónima, a banda de aprovechados, a grupo de «apandadores»), marcando una línea roja con la que se separaban de la España pobre, desmerecedora, de porrón y moscas, inculta y sucia.


Ha bastado que los separatistas catalanes echen su órdago para que se agite la caja de los truenos. Nunca habíamos visto tantas banderas de España en los balcones, nunca habíamos escuchado tantos vivas a la patria, al fin sin complejos, porque ni la bandera ni las aclamaciones son registros franquistas, sino símbolos de unidad que superan con largura el nacionalismo mendaz, sensiblón, victimista y pedigüeño.

Evoco los días que sucedieron al asesinato de Miguel Ángel Blanco. Puede que entonces, de no mediar una acomplejada prudencia, hubiésemos podido quitarnos para siempre la metralla del terrorismo y, ¿por qué no? del nacionalismo vasco. Por eso, ante el chantaje del referéndum y la amenaza de la declaración de independencia, deberíamos hacer lo propio con el nacionalismo catalán, antes de que se excuse para engordar de nuevo. Ya está bien de sentimientos; volvamos, desde la paz, a las realidades.



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