1 ago 2018

Recuerdo una canción de Mecano —formaba parte de el mejor de sus discos (“Entre el cielo y el suelo”)—, con un curioso título: “50 palabras, 60 palabras o 100”. Aquella propuesta me resultaba sugerente, pues no se trataba del rótulo propio de los temas de música ligera, en los que cabe toda la conjugación del verbo amar. Otra cosa es que los hermanos Cano tuviesen intención distinta a rellenar un estribillo con las sílabas justas para su correcta modulación. Porque la canción habla de la despedida de dos amantes: ella o él se larga; él o ella se queda desolado ante el comienzo de la separación, que implica repartirse los muebles y enseres de la casa común. Un drama de nuestro tiempo, tan extendido que forma parte del paisaje y en el que dichas palabras no encuentran acomodo. ¿O sí?...

Nunca he sabido el contenido de aquellas palabras que iban sumando más palabras. En todo caso, Mecano se quedó en cien palabras nada más. ¿Estaba allí la justificación de la canción? Porque es imposible sostener una relación con tan pocos vocablos. Y si, encima, el que se marcha se lleva la mitad de los términos (cincuenta palabras), el vacío cobra la reverberación del más triste de los ecos.

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Es sino de hoy el vocabulario menguante. Los diccionarios han pasado a la última de las estanterías. Si volviésemos a aquel juego de infancia en el que nos retábamos a explicar el significado de una palabra, tomada al azar entre tantísimas páginas del glosario de la RAE, veríamos que el marcador acababa igual que como empezó: a cero. Porque la mayoría de los términos ni siquiera nos suenan, no los identificamos como parte de nuestra lengua, que se deshace como la mantequilla al sol.

Según pedagogos y lingüistas, los niños de los años 40 y 50 manejaban una baraja de unas diez mil palabras, suficientes, por ejemplo, para declamar y entender buena parte de nuestra poesía, incluida la de los siglos pretéritos, en castellano viejo y cargada de ironía, doble sentido y moraleja. Los de los 60 y principios de los 70, bajaron el conocimiento a unas ocho mil. En todos los hogares había televisor, claro, dos canales con un número aceptable de programas de calidad cultural, también en el habla. El problema se acrecentó en la segunda mitad de los 70 y los 80, cuando los chavales nos quedamos en las cinco o las seis mil palabras. Pero incluso con ese número podíamos leer cualquier novela de calidad con el asesoramiento, a veces, de un diccionario, aunque lo normal era que el contexto salváramos la ignorancia del joven lector.

Todo de desplomó en los 90, la década de las Mamachicho, los primeros programas del corazón, la suma de impresentables, sin oficio ni beneficio, que se hicieron dueños del ocio de la mayoría de los españoles, que cambiaron las inquietudes intelectuales por el vómito de la caja tonta, que rompió todos los índices en cuanto a número de horas por compatriota frente a la tele. ¿Cuántas palabras usaban los jóvenes por aquel entonces? ¿Tres mil?... ¿Dos mil quinientas?... Quizá suficientes para entender las letras de Mecano.

Los expertos apuntan a que el uso del lenguaje está hoy más empobrecido que nunca. Mil palabras, mil —y muchos ni siquiera}–, para que los jóvenes logren expresarse. Y si de las mil consideramos que unas ochocientas están en una segunda o tercera fila (“esto”, “eso” sustituyen los sustantivos empleados por cualquier gachó), y que con muchas de ellas se forman muletillas de múltiples e imprecisos significados de las que abusan hasta la saciedad, entenderemos por qué los jóvenes apenas leen: no pueden; no saben. Y si apenas leen, podemos afirmar —con horror— que su pensamiento y su toma de decisiones están muy limitados, lo mismo que su construcción de ideas, allí donde la palabra exacta es imprescindible. Puede que esta última sea la más objetiva constatación de que las distopías de George Orwell se han puesto en pie. El pensamiento blando hace posible la dictadura del relativismo, aunque relativismo sea un término que casi nadie sepa qué significa.





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